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martes, 30 de diciembre de 2014

Diciembre en el valle de Alcudia

Una fría mañana de un domingo de invierno. Una casa en los límites del valle de Alcudia. Y un grupo de viejos amigos que celebran un cumpleaños: tiempo, marco y excusa perfectos para pasar unas horas de agradable reunión.

Dedicado a Antonio, gracias a quien el Viajero volvió a descubrir el valle de Alcudia.



Los más madrugadores llegaron sobre las once y media de la mañana. Un tibio rayo de sol se filtraba entre unos nubarrones negros que no presagiaban nada bueno. El parte meteorológico había anunciado una caída brutal de las temperaturas a partir de ese día. Ya la noche había sido heladora: el Viajero había pasado algo de frío en la casa y no se había atrevido a asomar la cabeza, oculta bajo el embozo, hasta que Antonio hubo encendido la chimenea. Se despabiló por completo cuando sintió en el rostro el agua del lavabo cuya temperatura estaba cerca de los cero grados –o al menos eso le pareció a él-. Y ya en el salón, oyendo otra vez el crepitar de las llamas que habían acompañado su sueño, se reconfortó con el calor agradable que desprendían los troncos de encina ardiendo en el hogar mientras desayunaba.

Los recién llegados, que conocían bien el valle, pero no en concreto esa finca situada justo en su solana, venían con ganas de caminar y dispuestos a realizar una ruta previa a devorar el aperitivo. “Así hacemos hambre”, animaba Carlos al resto con una sonrisa de oreja a oreja. No hacía falta alentar mucho a los intrépidos caminantes que, por otro lado, se habían preparado bien para la ocasión: Ana y Clara no estaban dispuestas a pasar frío e iban muy abrigadas, aunque luego, a medida que iniciaran la ascensión a la ladera, les irían sobrando muchas prendas. Y Tony quería demostrar que habían servido para algo las muchas horas de spinning en el gimnasio…

La ruta comenzaba a pocos pasos de la casa: se trataba de un amplio camino abierto en la propiedad con varios fines: servir de acceso a la zona superior de la misma, hacer las labores de cortafuegos en caso de incendio, y facilitar la distribución de los monteros en los días de cacería. Por allí enderezaron los senderistas, pasando antes por una veredilla que acortaba la distancia al mismo y que Antonio contó que su padre llamaba “la senda del ahorro”. Los primeros metros eran llanos y cómodos. El cielo se iba cerrando cada vez más y unas nubes bajas se había apoderado de las zonas altas de la sierra. El sol desapareció, pero la visibilidad todavía era buena y a medida que iniciaron la ascensión pudieron divisar a lo lejos, entre brumas, las estribaciones de Sierra Morena al suroeste, los altos picachos de Sierra Madrona, al sureste; también la cercana población de Cabezarrubias del Puerto y olivos, muchos olivos, que ocupaban la llanura que se abría a los pies de la pendiente en que estaban. Las jaras pringosas colonizaban gran parte de los terrenos cercanos e incluso estaban ocupando amplias zonas de la vía; pensó el Viajero en la belleza del paraje en los venideros días primaverales cuando el blanco de sus flores eclosionaría. El fruto rojo de los lentiscos daba una nota de color al panorama, como si el campo también quisiera vestirse de navidad aquel 28 de noviembre, festividad de los Santos Inocentes. Algún que otro quejigo y las sempiternas encinas parecían animar a los paseantes cuyas respiraciones se entrecortaban a medida que la ascensión se iba haciendo más dura.

La desilusión llegó cuando coronaron la parte más alta, donde recuperaron el resuello. El Viajero, que ya había transitado por el lugar, les venía alabando la maravillosa vista que se alcanzaba desde arriba. Pero una intensa niebla se había apoderado de la cumbre y los ojos no llegaban a contemplar nada más allá de dos metros de distancia. “Habrá que volver”, fue el pensamiento general de todos cuando pasaron delante de una trocha que llevaba a un roquedal, mirador natural que ponía ante la vista del caminante, y a sus pies, toda la extensión del valle de Alcudia. Al iniciar el descenso, siguiendo el camino circular que conducía otra vez a la casa, la niebla desapareció. Una pradera de intenso verde, de ese verde que solo se ve en el valle en invierno y primavera y que desaparece como por arte de magia cuando va a entrar el verano, los invitó a detenerse. Pero una llamada les advirtió de que el resto del grupo ya estaba en la casa y aceleraron la bajada.

En una de las rectas de la calzada ya próxima a la vivienda se toparon con un vehículo todoterreno. “Buenos días, Agapito”. Se trataba de un personaje muy conocido en todo el valle: toda su vida consagrada a la caza, como él mismo reconocía con orgullo. Ahora, a sus más de ochenta años, se dedicaba a organizar y arrendar monterías en las quintas de Alcudia. Estaba preparando la próxima que se haría en La Solana del Colmenar, y había salido esa mañana a “tocar la flauta” de los cochinos jabalíes; esto es, a dejar a las bestias comida adicional con la que atraerlas a ciertos puntos estratégicos y acostumbrarlas a bajar a los mismos haciéndose visibles de este modo a los ojos de los cazadores. Nos previno para que no saliéramos del camino principal, que la cacería ya estaba próxima y no era cuestión de que espantáramos a los animales. Cuando nos empezaba a contar que su vida había sido recogida en un libro, y que por esos montes había trotado en su juventud con los maquis, Antonio lo interrumpió con la excusa de que nos estaban esperando. Unos buitres que sobrevolaban bajo, contemplaban entretenidos la escena.

Bajo un sol espléndido, y una hierba recién cortada que semejaba el césped más cuidado, en el exterior de la vivienda y jugando con mucha energía ya estaban los más pequeños: Fernando hijo, Javier, Marcos y la delicada Ángela. Recibieron a los excursionistas con gran alborozo. Abrazos, besos, fotos… Fernando padre, gran conocedor de la zona porque su familia tenía una finca cercana al lugar en que se encontraban, explicó a los demás la situación de su propiedad, utilizando como referencia la torre abandonada de una antigua fábrica que se dibujaba en el horizonte. Entraron y se dispusieron a preparar el susodicho aperitivo que precedería a la paella que Antonio prepararía al amor de la lumbre. La reunión se completó con Graci, Marta –la artista del violín- y Vicente, que se había levantado no hacía mucho porque había trabajado toda la noche.

No faltaron pinches de cocina para la elaboración de la paella. Carlos –alma mater de la preparación de los piscolabis del grupo e insuperable cortador de buen jamón- y Leo se pusieron rápidamente a limpiar los mejillones, las dos Anas –Olmo y Sillero- y Graci se encargaron de las gambas, gambones, los calamares y el solomillo, Tony ralló los tomates… En fin todos se pusieron al mando del gran chef que maniobraba entretanto preparando el fuego. Cuando este estuvo listo, y con la inestimable ayuda de Tony, que se sentó a su lado, animándolo y aconsejándolo en todo momento, el cocinero preparó en un periquete el guiso para diecisiete personas.

Huelga decir que la comida resultó un éxito. La paella estaba exquisita; había comido otras el Viajero de este guisandero, pero esa le pareció la mejor. Unos cuantos granos de arroz quedaron en la paellera. Como Antonio nació el 28 de diciembre de hacía ya unos cuantos años, a los postres se le tributó el merecido homenaje. Café, la tarta que regaló Marcos porque al día siguiente era su cumpleaños –“¡A ver si mañana no me vas a llamar…!”- regalos, y alguna que otra copichuela, los llevaron hasta una hora avanzada de la tarde. Fue también el momento de recordar al resto de los amigos que no habían podido acompañarlos esa jornada. Como había quedado un día estupendo, y después de despedirse de los madrileños que tenían por delante varias horas de viaje, el resto de los satisfechos comensales decidieron dar otro paseo.

Esta vez la ruta elegida fue un sendero que conducía al mismo mirador que algunos habían visitado por la mañana, de subida más rápida, pero algo más dificultosa. Muchos decidieron regresar a la mitad del camino, cuando llegaron a una pedriza que rompía la manta de verdor que refulgía al sol. Otros, los mismos osados de la mañana, amén de Marcos –el niño de los ojos más vivos que el Viajero hubiera conocido nunca-, que sustituía a Clara, que había decidido cambiar la caminata por la lectura, siguieron la ascensión. La senda serpenteaba entre jarales y encinas cubiertas de musgo, en las zonas donde menos entraba la luz. En un pequeño llano se encontraron con un bosquete de enebros de finos troncos. Marcos, Carlos y Ana, que quedaron un poco rezagados, tuvieron la suerte de divisar cuatro venados que triscaban entre la maleza. No era raro que los hubieran visto, porque todo el camino fueron topándose con excrementos recientes de ciervos. En una cuevecilla,
ya casi al final del trayecto, contemplaron la imagen de una virgencita que, orgullosa, desafiaba las inclemencias del tiempo; no había llegado allí por un milagro, sino por la mano de Antonio que, a instancias de su madre, la colocó en ese lugar, en un altar improvisado bello y sencillo. Y al final, la recompensa merecida de su esfuerzo: accedieron al roquedal, mirador natural y balcón al valle, desde el que, aunque ya no quedaba mucha luz porque comenzaba a anochecer, ahora sí que pudieron apreciar la grandeza de esta maravilla natural. El círculo casi perfecto de Alcudia, rodeado por las sierras que forman su frontera natural, apareció deslumbrante. El Viajero volvió a sentir que esa era su tierra y pensó que allí se encontraba realmente a gusto. La sensatez –pronto sería noche cerrada- les hizo dejar sus ensoñaciones y abandonar el lugar, no sin algún que otro percance: Tony se golpeó la rodilla con un saliente de la roca, y Marcos, que tuvo que hacer toda la bajada de la mano de Ana y el Viajero, se torció ligeramente un tobillo; una nueva hazaña que añadir a la historia del niño aventurero que subió hasta el mirador más alto de La Solana del Colmenar, ¡valiente, Marcos!

Ya otra vez en la casa, al calor del hogar que sentó muy bien a los caminantes, se reencontraron con los otros de la panda. Después de dar buena cuenta de unas chuletillas de cordero lechal que desaparecieron de la fuente casi antes de poder hacerles una foto, llegó el momento de volver cada uno a su lugar. Por las caras de satisfacción que se vieron en la despedida y por los mensajes telefónicos que esa misma noche se enviaron, el Viajero tuvo la certeza de que en la mente de todos anidaba un pensamiento: ¡Qué bien se está cuando se está con buenos amigos!

Fotos del autor,

lunes, 28 de abril de 2014

Una nueva casa para Domenikos

Hace poco más de tres años se inauguraba en Toledo la nueva casa de El Greco. Este año en el que estamos inmersos en la vorágine de las celebraciones del cuarto centenario de la muerte del cretense, quiero recuperar este artículo que se hacía eco de ese acontecimiento.

Pues sepan vuestras mercedes que mi nombre es Doménikos Theotokópoulos, más conocido como el Greco, apelativo que me dieron los habitantes de este país, tan dados a bautizar a las personas con otros nombres, sobre todo cuando, como sucede en mi caso, es tan raro por estas latitudes. Y no estaban faltos de razón los españoles que me dieron ese apelativo, porque yo nací en Grecia. Vi la luz en Candia, la actual Creta, por aquel entonces ocupada por los venecianos. Comencé mi carrera –yo, por si lo desconocen sus señorías, soy pintor- en mi tierra natal, pero pronto consideré que para un joven de cierto talento como yo, perdónenme la falta de modestia, el futuro estaba allende los mares, en tierras italianas. Era allí donde el Renacimiento,  eclosionado dos siglos atrás, gracias al patrocinio de grandes mecenas, había tomado plaza fuerte. En Venecia y Roma completé mi formación, pero como no veía mucho futuro allí y soy de carácter aventurero, me embarqué con rumbo a las costas de España.

Por aquella época Felipe II estaba concluyendo la obra de su Escorial, dedicado al santo que pidió, estoicamente, que le dieran la vuelta en la parrilla porque ya estaba bien tostado por un lado. Había oído noticias en Italia de los trabajos y de lo bien recibidos que eran los artistas provenientes de allí. No lo dudé. Me instalé en Toledo, capital religiosa del reino y una de las ciudades más grandes de Europa en aquellos momentos, donde fui recibido con grandes honores. Mi idea era trasladarme pronto a la corte, y de hecho realicé algunos encargos para el Monasterio del monarca en cuyos dominios no se ponía el sol, pero no gustaron mucho a su majestad. Así es que me quedé en mi querida Toledo, donde fui tratado y reconocido como gran artista, durante la no despreciable cifra de treinta y siete años. Y allí fallecí, después de imprimir de forma indeleble mi arte en la ciudad. Tienen que reconocer vuestras mercedes que hoy Toledo no sería la misma sin mis trabajos.

Pero no siempre mis cuadros fueron reconocidos. Pasaron siglos oscuros en los que fui considerado un pintor menor, caprichoso y extravagante. Incluso ignoraban mi existencia fuera de mi patria de adopción por no haber salido nunca de ella mis pinturas. Pero llegaron a España los viajeros románticos europeos y se volvió a dar el trato debido a mi persona y mi labor (ya he dicho que la modestia no es una de mis principales virtudes). Y en los primeros años del convulso siglo XX, a iniciativa de un marqués que ostentaba por pomposo nombre el de la Vega-Inclán se me dedicó en la ciudad imperial un museo. ¡Ya era hora!

Era el año de 1910. Había un solar libre y bastante amplio en plena judería toledana. Se daba además la circunstancia de que estaba a poca distancia de mi verdadero hogar, que desgraciadamente se perdió en un incendio. Pues en él pensó el insigne noble para erigir mi casa-museo. Un año más tarde se inauguró con todos los honores que requieren estos casos. Se aprovecharon restos de un palacio renacentista del siglo XVI, pero la mayor parte de la construcción se hizo en tiempos modernos. Un bello patio con galería de columnas de piedra de capitel jónico, balconadas de madera y azotea en el piso principal, sirvió de distribuidor a las habitaciones que fueron decoradas con muebles y enseres de mi época. La dejaron tan bien y tan coqueta que no me hubiera importado volver de donde estoy para aposentarme en ella. Allí se reunió gran parte de mi obra, para evitar que se dispersara y
cayera en manos de coleccionistas desaprensivos. Uno de los tres Apostolados que imaginé, la Vista y plano de Toledo  o Las lágrimas de San Pedro, encontraron por fin un digno destino, junto a cuadros de otros colegas como Luis Tristán, Murillo, Valdés Leal, alguno de ellos a los que ni siquiera llegué a conocer.

El museo con el tiempo fue –como todas las cosas en este valle de lágrimas, “tempus fugit!”- deteriorándose. En varios momentos de su historia ya centenaria. Sufrió numerosas reformas que parchearon sus deficiencias. La última y más importante se acometió hace algo más de cinco  años; cinco años durante los cuales, los pobres turistas que salían de ver mi Entierro del Conde de Orgaz, caminaban como desorientados espectros por la judería, hasta que un alma caritativa les decía que no, que no podían entrar, que estaba cerrado.  Pero ahora me han dicho, seguro que vuestras mercedes también son sabedores de la noticia, que hace pocos días han finalizado las obras. ¡Por fin se ha cumplido el ciclo de los trabajos! Otra vez mis cuadros se alegrarán de reencontrarse con esos extraños seres vestidos con estrafalarios ropajes y enseñando sin ningún pudor las pantorrillas, que tratan de burlar los ojos censores de los vigilantes para disparar sus artefactos que dicen que capturan las imágenes. ¡Por fin se liberarán de la carga de tanto viaje, tantos desplazamientos de la ceca a la meca a los que han sido sometidos durante el cierre de su casa! ¡Han viajado casi más que yo, que ya es mucho decir! ¡Por fin la ciudad toledana ha recuperado un lugar que le da merecida fama! Y es que, perdónenme, Toledo soy yo.

Y aunque ahora digan que ya no se llama mi casa, y la hayan rebautizado con el nombre más simple de museo, de lo que no me cabe ninguna duda es de que mi espíritu errará como siempre, nostálgico y melancólico,  entre sus muros.

Fuente fotos: www.wikipedia.org

viernes, 20 de septiembre de 2013

Armonía en el jardín

Música y naturaleza. En el marco del Festival de Música Antigua, el Viajero emprende un paseo musical por la silva del Jardín del Príncipe de Aranjuez. Los sones de la zanfona, la chirimía, el arpa medieval y la gaita se unen en perfecto acuerdo con los trinos de los ruiseñores y los mirlos y el piar de los gorriones. La flora del vergel es la escena perfecta para estas melodías. Armonía en el jardín.

Llegaste a la entrada principal del Jardín del Príncipe, en la calle de la Reina, en una tarde de domingo de verano anticipado. Acababa de empezar el mes de junio, pero el intenso calor ya se había apoderado del ambiente y hacía que los asistentes que esperaban el comienzo del paseo-concierto que comenzaría en breve buscaran la sombra. El ramaje cerrado del inmenso campo, nominado en honor de Carlos IV que lo mandó construir cuando aún era Príncipe de Asturias, impedía que los hirientes rayos del sol castigaran en exceso los cuerpos de los numerosos visitantes. Estabas en Aranjuez, solaz y reposo de la monarquía hispana en otros tiempos, y hogaño lugar de peregrinación de hordas de turistas bien pertrechados con sus máquinas de captar instantáneas. Contemplaste las columnas de Juan de Villanueva que enmarcaban el acceso: capiteles jónicos, remates en las cubiertas de amorcillos que sostenían un jarrón. No estaban ya allí las efigies de las diosas Pomona y Minerva, traídas de la colección de la reina Cristina de Suecia, que otrora ocuparan los intercolumnios de la portada. Enormes plátanos escoltaban la vía de acceso principal; traídos de las tierras americanas de Louisiana y de territorios orientales, se adaptaron perfectamente al clima de la península Ibérica creando una nueva especie: el platanus hispanica,  omnipresente hoy en nuestras zonas verdes. Entre ellos, algunos tilos buscaban también su lugar.

Acompañado por los numerosos paseantes que formaban tu grupo, enderezaste por un caminillo que señaló el guía voluntario que iba a dirigir la excursión aliñada con música. Unos aligustres convertidos en árboles enmarcaban el Jardín de los Negros, llamado así por los autómatas que para recreo de la corte estaban instalados en ese lugar. La forma circular de los jardincillos te recordaron a los de la época de Felipe II que rodean El Escorial. En ese lugar –o cerca, que la memoria popular a veces miente- te cuentan que se levantó un teatrillo por orden de Felipe IV para conmemorar el final del luto por la muerte de su padre. Corría el año de 1622. La propia reina, Isabel de Borbón, encargó una comedia al que se rumoreaba era por aquellos tiempos su amante: Juan de Tassis, el conde de Villamediana. El poeta compuso La gloria de Niquea, espectáculo alegórico en el que la misma Isabel se haría cargo del papel principal. Durante la representación, que dicen las crónicas que fue fastuosa, se desencadenó un incendio en el transcurso del cual el conde, viendo a su reina en peligro y desafiando las llamas, la sacó salvándola de perecer abrasada. Este hecho incrementó los celos del monarca que ya andaba sospechosos de los devaneos de su consorte con don Juan. Poco después Tassis murió asesinado en las calles de Madrid. Las lenguas de doble filo de la corte afirmaron que con el consentimiento del monarca. ¡Cuánto podrían contar los árboles que rodeaban el recinto si pudieran hablar!

Al final de la ancha calle que separa el Jardín Español de la Huerta de la Primavera, lugar de aclimatación plagado de granados en flor, ciruelos, perales, manzanos y otras especies frutales, te encontraste con la fuente del Fauno viejo, con sus viejas pezuñas gastadas por la acción del agua. Muy cerca, la fuente de Neptuno, junto al embarcadero real. La escultura del dios de los mares, atribuida en ocasiones a Miguel Ángel, formaba parte de la colección del marqués del Carpio; en realidad se trata de una réplica de uno de los ríos que ornan la fontana de piazza Navona de Bernini que el conde encargó al artista. Viste a Neptuno recostado en un caballo sobre las aguas del mar, representado a una edad avanzada pero con cuerpo atlético y con largas barbas, tranquilo, añorando el líquido elemento que no manaba de los surtidores secos.

Era el momento de la primera parada musical de la tarde. En el Salón de Tilos, muy cerca del Tajo, una glorieta cercada por diez añosos cipreses, y a la fresca sombra de los tilos y los álamos blancos, ocupaste tu lugar. Los sones de un trotto a los que siguió los de un saltarello, y otras alegres danzas medievales, comenzaron a surgir de las zanfonas, gaitas y flautas del grupo Artefactum, y se mezclaron con el rumor lejano del agua del río y el rozar del viento en las copas más altas. El conjunto interpretó un repertorio medieval del siglo XII, piezas italianas sacadas del manuscrito de Londres, códice que fue adquirido en el cinquecento por la familia Medici. Los animados aires cortesanos te transportaron a épocas y ambientes del Medievo mientras descansabas sentado en un jardín del siglo XVIII. ¿Podía darse mayor sincretismo?

Los pabellones  del embarcadero, lugares de reposo de la corte tras sus paseos en falúa por el Tajo, fueron tu siguiente destino. El más grande, el Real, fue construido por el arquitecto de Fernando VI Bonavía; los otros vieron la luz en la época de Carlos III.  El exterior sencillo ocultaba un interior suntuoso. El embarcadero está indisolublemente unido a la figura de Farinelli, el castrato que llegó a la corte de Felipe V y cuya importancia en palacio fue afianzada por Fernando VI y su esposa Bárbara de Braganza. Fue el castrado Carlo Broschi el promotor de los paseos con música por el río; organizó una gran iluminación para la fiesta de la onomástica de Fernando e incluso diseñó la calle que une este lugar con el palacio.

El Tajo bañaba majestuoso estos sitios. En la orilla frontera, aprovechando la cálida tarde del domingo, los pescadores se mezclaban con diversas especies de ánades. Unos sauces
llorones refrescaban el lugar. La margen en la que te encontrabas la ocupaban garitas militares y baluartes que saludaban con cañonazos la llegada del séquito real.

Circulando por un paseo de cipreses y una rosaleda cerca del invernadero, alcanzaste el cenador tantas veces pintado por Santiago Rusiñol.  Te saludan imponentes ejemplares de guilandinas, catalfas, pacanos, liquidámbares, algunas de estas especies difíciles de encontrar fuera de este marco. Y ya divisaste los cuatro atlantes que sostenían la taza de la fuente de Narciso, el pobre joven que murió ahogado contemplando su propia belleza. Cerca de allí, en una glorieta cuyo centro ocupaba un estanque, tendría lugar el segundo concierto. Con el fondo del canto de los mirlos, el gorjeo de los gorriones y el arrullo de las palomas, y bajo la lluvia de las semillas de los tilos que caía sin pausa, los integrantes de Artefactum retomaron su repertorio medieval de saltarellos y chansonetas.

Reemprendiendo la marcha, después del paréntesis musical, te adentraste en una zona del jardín poblada por grandes gigantes arbóreos. Con pesar contemplaste la certeza de la muerte en el mundo natural: robles españoles que sucumbían atacados por una maligna especie de escarabajo, un castaño de indias seco, un plátano casi ahogado por la hiedra, un imponente ejemplar de fresno a punto de fenecer por estar lejos de las aguas de una ribera, su ámbito habitual… Miserias particulares que contrastaban con la impresión de vida y lozanía que inspiraban otros colosos del jardín: un elegante pacano de más de cuarenta metros de altura, un ciprés descomunal, castaños de indias y robles enormes, y un inmenso ahuehuete,  el orgulloso “viejo del agua”, compañero de los treinta y dos que habitan en Aranjuez, ejemplar originario de México y que abría al cielo desafiante sus ramas en forma de candelabro. La vida siempre se impone.

El trazado geométrico de las calles del vergel, que muchas veces son prolongaciones de las calles de Aranjuez, te condujo a zonas de umbría ocupadas por prados de vinca y hiedra en los parterres que sustituía al césped. La frondosidad del bosque apenas dejaba pasar la luz del atardecer. Ya en un claro que inunda el aroma de los tilos en flor, divisaste al final de una larga avenida la fuente de Apolo. El dios de la belleza, la perfección y la música presidía el 
monumento que completó el escultor Isidro González
Velázquez a principio en el siglo XIX, siendo rey de las Españas Fernando VII. Contemplaste la réplica del original, que vino también  de la colección de Cristina de Suecia, y que hoy se encuentra en La Granja –lugar para el que la adquirió Felipe V-. La imagen estaba enmarcada por un semicírculo incompleto de cipreses y seis columnas con capiteles jónicos muy historiados en las que se asentaban seis cisnes  alzando sus cuellos en actitud de iniciar el canto: surtidores secos esa tarde.

Delante de este impresionante escenario comenzó el tercer y último concierto. Los instrumentistas estaban ahora acompañados por un gesticulante tenor, Alberto Barea que entonó diversos cantos muy optimistas sobre la primavera.  Amén de otras obras, la sesión se completó con diversas piezas del Carmina Burana, los cánticos de los goliardos de los siglos XII y XIII que son un homenaje al disfrute de la vida y de los placeres que esta ofrece. Los poemas que exhortaban a vivir intensamente llenaron tu alma de un grato optimismo.

Finalizada la actuación, y cuando quedaba muy poco para que la noche se adueñase de la silva del Príncipe, desanduviste la vía que conducía a la puerta de la calle de la Reina. Impregnaba  tu alma un sentimiento filantrópico desmesurado: no podía ser tan malo un primate evolucionado que había sido capaz de reunir tantas manifestaciones de belleza como las que habías presenciado esa tarde de primavera veraniega. La luna te dio la razón.

Fuente fotografías; http:/wikipedia.org

jueves, 6 de junio de 2013

Preparando el viaje

Las horas previas a emprender un viaje son muy intensas. Realmente es en esos momentos cuando empieza nuestra aventura: hay decidir lo que se lleva o lo que no.

Mañana salgo de viaje. Mañana voy a emprender esa aventura maravillosa que llamamos viajar. Voy a descubrir sitios que no conozco y que han estado pacientemente esperando mi visita. Me trasladaré a lugares nuevos; respiraré otros aires y disfrutaré del conocimiento de nuevas personas que me enseñarán otros modos de vida y otras costumbres. Me reafirmaré en mi idea de que el viaje es el mejor medio para conocer la realidad y, al mismo tiempo, encontrarse  con la propia identidad del que lo emprende.

Pero el viaje hay que prepararlo. Y no me refiero al proceso de documentación previa que todo buen viajero que se precie realiza muchos días, e incluso meses antes, de que llegue la fecha de partir. Estoy hablando de algo mucho más prosaico: la preparación del equipaje. No me gusta mucho esta tarea. ¡Nunca sé qué llevar! Si el desplazamiento es veraniego, resulta algo más fácil: con unas cuantas camisetas, algún pantalón corto y un vaquero, soluciono la papeleta; bien es verdad que no lo tengo tan claro cuando el destino es un lugar de esos en los que no existe el verano: entonces la cosa se complica.  Pero en invierno, hay que pensar mucho más.
He pasado toda la tarde preparando la maleta para uno de estos viajes de invierno. Jerséis gruesos, camisetas de felpa, guantes, bufandas, camisas de franela, gorro… ¡Qué horror!  Y lo peor de todo es decidir lo que llevas o lo que no; el clima puede darte sorpresas y sobrarte gran parte de la intendencia que has preparado, o faltarte cosas que desechaste en el último momento. ¡Vaya problema! Conclusión: echas de todo. Temo el momento, que he pospuesto para cuando me levante, de cerrar la maleta.

Por eso siento una gran envidia cuando oigo a muchos compañeros de viaje que me dicen que no tardan nada en preparar lo necesario para su marcha: “Yo, tardo bien poco en hacer la maleta –dicen mientras se vanaglorian de portar un pequeño bulto, mientras tú te afanas por tirar de tu maletón- no merece la pena llevar muchas cosas, porque luego no utilizas ni la mitad de lo que llevas”. Y lo que más me molesta es tener que darles finalmente la razón. 

Efectivamente, muchas cosas de las que llevamos no son después necesarias. Pero yo sigo cayendo una y otra vez en el mismo error… No tengo remedio.
¿No sería maravilloso disponer en nuestro destino de un inmenso guardarropa que pudiéramos utilizar a discreción? Muchas veces he pensado que esto podría ser una solución para las personas que, como yo, dan vueltas y más vueltas a la hora de hacer la maleta. Imaginad: iríamos totalmente libres de carga, sólo con lo puesto, y al alcanzar nuestra meta, dispondríamos de todo lo necesario para pasar  del mejor modo posible esos días fuera de nuestro hogar. De este modo únicamente viajaríamos con un gran fardo de ilusiones y propósitos que no pesan tanto como las engorrosas valijas.

Pero mientras se materializa esta propuesta mía, tengo que aprender a viajar ligero de equipaje. Y no solamente para ese “último viaje” al que canta el poeta, que dice que emprenderá “casi desnudo, como los hijos de la mar”, sino para todos los que inicie desde hoy en adelante. Y es que, claro, a ese “último viaje” al que se refiere Machado, no podremos llevarnos nada; no nos dejan.

Fuente imagen: www.wikipedia,org

lunes, 26 de noviembre de 2012

Noches de Julio en la colina de la Alhambra (y III): En el patio de los Arrayanes

El eco callado del agua en remanso de la alberca del patio de los Arrayanes de la Alhambra acompaña la música que arranca de su viola Tabea Zimmermann. El Viajero se deleita con esos dos sonidos otra noche de verano en Granada.

A pesar de que hacía muchos años que asistía al Festival, nunca había presenciado  un concierto en su marco más emblemático: el patio que atravesaban los embajadores llegados de tierras distantes para ser recibidos en audiencia por los sultanes bajo la cúpula que guarda la torre de Comares; el patio al que ha nominado definitivamente el lineal y perfecto seto de arrayán, venciendo otros diferentes apodos –de la Alberca o de Comares- que se le dieron a lo largo de la historia. Diversas circunstancias habían hecho imposible que disfrutara de un concierto en el patio de los Arrayanes de los palacios nazaríes: funciones en días de trabajo o lo limitado del aforo del recinto que hacía que se agotaran rápidamente las localidades. Un año había conseguido entradas para este lugar, pero la mala suerte hizo que una fuerte tormenta estival descargara sobre la ciudad granadina, y el concierto se trasladase a un recinto cerrado- ¡gran desilusión!-. Pero ese tres de julio, cuando se celebraba la sexagésimo primera edición del festival surgido a raíz de los conciertos sinfónicos decimonónicos organizados con motivo de las festividades del Corpus en el palacio de Carlos V, no cubría el cielo ningún nubarrón que amenazase con descargar sobre las viejas piedras de la Alhambra; y el Viajero tenía su entrada que había guardado como un tesoro. Esa noche sí podría acariciar los mirtos mientras oía los acordes de la viola y el piano. 
   
Ya en la cola, frente a la puerta de entrada situada al lado de la zona por la que los turistas accedían a los palacios nazaríes, saboreaba los momentos previos del espectáculo. Había llegado con mucho tiempo de antelación y pensaba ingenuamente que podría pasear por los patios, ahora en penumbra, del monumento y disfrutar de una calma que no existía cuando estaba lleno de hordas de visitantes ávidos de disparar el arma imprescindible de los viajeros modernos: la cámara fotográfica. Pero cuando traspasó el umbral del acceso que se abrió ante él, situado a la derecha del muro del palacio del emperador, sus ojos se toparon súbitamente con los arcos del patio en el que el concierto iba a tener lugar. No sería posible ese paseo nocturno por el Mexuar y los rincones que imaginaron Yusuf I y Mohammed  V como imitación de su futuro paraíso; habría que recurrir en otra ocasión a las visitas organizadas por el patronato de la Alhambra por las noches.

Olvidó el Viajero pronto su desilusión cuando vio el reflejo de la luna llena y los arcos sobre el estanque calmo. La escasa iluminación ayudaba a crear una sensación de intimismo en la que procuraba abstraerse, a pesar de los crecientes murmullos del público que iba ocupando sus localidades. No quiso sentarse todavía y paseó con calma a lo largo de la longitudinal alberca, deambuló delante de los aposentos laterales que rompen la blancura de los muros, quiso tocar el agua de las pilas de mármol de los extremos de la gran piscina, se extasió bajo las cúpulas y los vasares de mocárabes de la galería sobre la que se alza la torre de Comares, e imaginó un color nuevo para añadirlo a los paneles de azulejos que ornan sus paredes. Creyó encontrarse dentro de una de las pinturas de Sorolla que esa misma mañana había contemplado muy cerca de allí, en las galerías del Carlos V, y en las que el maestro valenciano lograba captar con sus pinceles la magia de ese jardín, entre otros Jardines de luz que reflejó en sus lienzos.     
       
Cuando comenzaron a oírse los primeros compases de las Imágenes de cuentos de Robert Schumann, el Viajero disfrutaba de las melodías que sacaba de la viola Tabea Zimmermann, acompañada al piano por SIlke Avenhaus, tocando el mirto, frontera del agua, junto al que estaba sentado.  Los chillidos gárrulos de los vencejos que bajaban a beber y el chapoteo de alguna ranilla que saltaba desde su escondrijo  al estanque acompañaron los movimientos de la Sonata op. 11 de Hindemith y las siete canciones de juventud de Alban Berg. De esta última obra hizo Zimmermann una versión en la que la habitual parte vocal de la mezzo fue interpretada por la viola; fue el escuchar estas canciones en la voz de la sueca Anne Sofie von Otter, lo que suscitó el deseo en la solista de hacer esta adaptación.  La segunda parte, tras el intermedio en que el Viajero pudo otra vez moverse a sus anchas por el patio, e incluso asomarse al Albaicín en el mirador que se abre delante de la explanada del palacio carolino, la conformaron las obras de György Kurtág y César Frank. De la selección que de los Signos, juegos y mensajes del primero hizo la violista, destacó Una flor para Tabea, dedicada a la propia intérprete por el compositor húngaro. De Frank sonó otra adaptación preparada para el instrumento protagonista de la velada: los presentes pudieron oír su célebre Sonata en La mayor no como suena habitualmente en las cuerdas del violín, sino transformada a la sonoridad de la viola. La ejecución de estas piezas fue ágil y dinámica. La intérprete alemana arrancó de su instrumento, que parecía en muchas ocasiones una prolongación de su cuerpo, una gama de sonidos que surgieron del arco central de la torre de Comares, donde estaba situado el escenario, para ascender al cielo de Granada y hacer todavía más bella aquella noche de verano.

Esa fue la última velada del festival a la que el Viajero asistió ese año. Satisfecho de haber cumplido uno de sus deseos más acendrados, se dispuso a abandonar la ciudad con una pena semejante a la que sintiera Boabdil. Pero se consoló porque a diferencia de su desafortunado último rey, él podría regresar en breve tiempo a Granada. Por eso no derramó ninguna lágrima cuando desde la ventana del tren vio alejarse las piedras del monasterio de San Jerónimo y la torre de la catedral que destacaban en el abigarrado caserío. Alzó los ojos hasta las cumbres de la Sierra Nevada, y se despidió con un esperanzador hasta luego.

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viernes, 28 de septiembre de 2012

Noches de julio en la colina de la Alhambra(II): En los jardines del Generalife

Sigue el Viajero disfrutando de las noches del Festival de Música y Danza granadino. En otro rincón de la Alhambra, el Generalife, asiste a la última creación de la bailarina María Pagés. Utopía es su nombre. No fue para él una utopía pasear en una clara noche de luna llena por los laberintos de arrayanes de los huertos reales de los nazaríes.

Estaba sentado una vez más en una de las muchas terrazas del Campo del Príncipe. Le gustaba mucho ese lugar. En pleno barrio del Realejo y a los pies de la Antequeruela, disfrutaba de la alegría que en la calurosa tarde de julio le ofrecía la amplia explanada llena de granaínos y visitantes ociosos. Los niños llenaban el lugar con sus risas y jolgorios. Y el Señor de los Favores, silencioso, desde su cruz de piedra situada en un extremo de la plaza, contemplaba la agitada actividad que se desarrollaba a su alrededor.  Terminó el Viajero los pescaítos fritos y la tortilla del Sacromonte que le sirvieron –lástima que esa tarde no hubiese caracoles, que tanto apreciaba- y se decidió a iniciar la subida hasta lo más alto de la colina de sus sueños.

Comenzó la ascensión por el carril de San Cecilio, el patrón de Granada,  y al pasar frente a la iglesita de bella portada renacentista dedicada al santo, no pudo evitar la evocación de don Manuel de Falla bajando y subiendo la cuesta de la Antequeruela Baja para escuchar misa en la parroquia más cercana a su humilde domicilio.  Atajando por callejas de empinadas escalinatas,  y cruzando delante de la abanderada fachada del Alhambra Palace, tomó el paseo que servía como arteria principal de los bosques y en breves minutos se encontró junto a la Torre del Agua, preámbulo del moderno pabellón de acceso en el que se encontraban las taquillas de la Alhambra.

Volvió de nuevo a sentir ese placer inefable que experimentaba cuando recorría las sendas bordeadas de cipreses que conducían al teatro del Generalife. Las luces del parador de San Francisco y las más lejanas del Albaicín quedaron a su izquierda, titilando como estrellas en la noche clara. Aún tenía tiempo antes de que comenzase la función y quiso perderse entre las penumbras de los jardines y los macizos de arrayanes perfectamente recortados, aspirar el perfume de las rosas que  ofrecían pinceladas de color  entre tanto verde,  y oír el monótono cantar del agua sobre las acequias y las tazas de piedra. Era el momento propicio: no había demasiada gente porque la mayoría estaba ocupando sus localidades y otros se afanaban en conseguir un refresco o un aperitivo en el ambigú situado en la terraza inferior. Sentado ya en su butaca echó de menos el frondoso telón de fondo que componían los viejos cipreses que ocupaban el escenario del teatro antes de su restauración.  A los jóvenes, plantados no hacía mucho, les quedaban  todavía varías primaveras para emular a sus predecesores. El de ahora era un espacio más funcional, pero añoraba el viejo coliseo semicircular donde la mampostería de ladrillo, en lugar del cemento, era dueña del recinto. Sobre ellos, una luna llena lorquiana, pletórica de luz, lucía orgullosa su blanco polisón de nardos.

El espectáculo resultó toda una grata sorpresa. Quiso hacer la creadora sevillana un homenaje al arquitecto brasileño Oscar Niemeyer. En el palco escénico un gran vacío llenado con una estructura de líneas curvas que variaba  a medida que avanzaba la representación, y que imitaba los bocetos constructivos del artista. Los siete bailaores flamencos que acompañaban a María Pagés, vestidos con los colores opacos del hormigón y de las materias primas extraídas  de la naturaleza, simulaban, en palabras del propio Niemeyer en el programa de mano, estar “cubiertos del polvo del camino, del sudor del trabajo, de la densidad de la tierra”. La música, era interpretada en directo en el mismo escenario por sus propios compositores: el guitarrista Rubén Lebaniegos y el cantautor brasileño Fred Martins.  Las voces flamencas de Ana Ramón y Juan de Mairena revivieron los pensamientos, en forma de poema, de Baudelaire, Benedetti, Neruda, Machado y el propio Niemeyer.  En esta reflexión sobre el ser humano tampoco podían faltar las palabras de Cervantes, sacadas de esa magistral descripción de la naturaleza humana que es Don Quijote. Todo este elenco fue desgranando sobre las tablas del  Generalife granadino ocho bellos números: Utopía, Diálogo, Tiempo roto, Conciencia y deseo, Vamos juntos, compañero… Farrucas, soleás, granaínas, rondeñas, tarantos, martinetes y otros palos flamencos, que se fundieron con pegadizas melodías brasileñas, tomaron vidas en los cuerpos y voces de los intérpretes en esa noche con aroma a jazmín  y arrayán. Especialmente bello fue el número titulado Camino rojo, en el que, con una espectacular bata de cola rojo sangre, Pagés materializó el prodigio de convertir a taranto con ribetes de martinete la poesía de Antonio Machado.   Después de los aplausos, el público, todavía subyugado por ese vínculo mágico que la función había creado entre mundos tan lejanos como Brasil y Andalucía, tarareaba los compases de la melodía, mixtura de aires del nuevo y el viejo mundo, con la que la compañía se despidió de la escena.

El Viajero, al igual que otros amantes de las noches de la Alhambra, se resistía a abandonar el frescor que desprendían las acequias cantarinas, los aromas de los rosales floridos, los jazmines y los laureles, la vista del barrio del Albaicín donde se adivinaba una inacabable actividad a pesar de lo avanzado de la hora; en definitiva, no quería ser expulsado todavía de ese edén. Decidió sentarse, junto con su acompañante, en uno de los bancos dispuestos en la terraza baja de los jardines, frente a los cultivos de viñedos y naranjos sumidos ahora en una semioscuridad que dejaba el protagonismo al espectacular cuadro que se exponía detrás de ellos. El rumor de las conversaciones que mantenían algunos grupos en la zona del bar, un grillo cantarín que repetía su melodía monótona, y el tintineo de los cubitos de hielo de la copa que bebía a sorbos pausados, eran la banda sonora de la maravillosa visión que tenía ante sus ojos. No era preciso hablar. El tiempo se volvió infinito.

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jueves, 6 de septiembre de 2012

Noches de julio en la colina de la Alhambra (I). En el palacio de Carlos V


Mucha historia ha visto la colina de la Sabika desde que en el siglo XI se levantaran allí las primeras edificaciones. Y mucha historia ha visto su palacio rojo desde que pensara en su construcción el nazarí Al-Ahmar. Los primeros días del verano traen a sus bosques y  a sus muros el deleite de otro sentido: el del oído. Las notas del Festival de Música y Danza granadino salen del palacio de Carlos V, símbolo del poder de un emperador, para inundar, vadeando el Darro, las calles blancas de la colina del Albaicín que mira a su eterna rival con envidia.

Había decidido subir hasta el palacio de Carlos V en autobús. La tarde de ese domingo era muy calurosa y, después de un largo y fatigoso viaje, no se atrevió a castigarse con un ascenso nada fácil bajo el sol que conocía bien. Pasó junto al monumento a Isabel la Católica, en perenne actitud de conceder a Colón todo lo necesario para su viaje, obra de Benlliure, y evitando mirar a su derecha para no ver el horrendo edificio que le servía de telón de fondo, se dispuso a esperar su transporte en el nacimiento de la calle Pavaneras.

Esa misma mañana llegó a Granada. Habían pasado dos años desde la última vez. Pero desde la ventanilla del vagón vio que, como siempre, seguía vigilando a la ciudad la mole rojiza de Sierra Nevada, esa vez sin rastro de nieve; vio también la silueta recortada en el azul de la torre de la catedral y el monasterio de San Jerónimo que, con orgullo, da la espalda enseñando su espectacular ábside a la calle del Gran Capitán, enfadado quizás porque ese tramo de vía pública no lleve su nombre. Granada seguía allí, como siempre. Y el Viajero se alegró de no ser ciego, como aquel que en la copla era digno de compasión y de recibir limosna porque no se podía vivir un infortunio mayor que el de no poder disfrutar de los encantos de la ciudad del Darro y el Genil. Él sí podría llenar sus pupilas con las imágenes del lugar por el que Boabdil derramó sus lágrimas.

El vehículo  dejó atrás Pavaneras, con sus palacios nobles, y enderezó por Molinos. Por una bocacalle avistó el trotamundos el cuadrilátero imperfecto del Campo del Príncipe y pensó que había llovido mucho desde la última vez que se sentó allí con calma. Remontando la empinada cuesta del Caldero,  sus ojos se perdieron en la amplia extensión de la ciudad nueva que se había adueñado de la vega del Genil. La mole anaranjada del hotel Alhambra Palace, interrumpió su contemplación y anunció la entrada en el bosque de la Alhambra.  Poco tiempo después,  ya a pie, cubrió los escasos metros que separan la torre de las Cabezas de la puerta de la Justicia de la muralla de la Alhambra y se encontró frente a la fachada almohadillada del palacio de Carlos V. Siempre le había causado algo de desasosiego y malestar el edificio de Machuca; sabía que hubo que destruir todo un pabellón del palacio nazarí, frontero a la torre de Comares, para levantarlo. Era para él como un intruso fuera de lugar que se había hecho señor de un mundo que no le pertenecía. Pero era también consciente de que su construcción había sido un seguro de vida para la conservación del resto del conjunto; y muchas veces había imaginado la emoción que sintiera el emperador al contemplar tanta belleza reunida en tan poco espacio. Se acercó al mirador que se abre al Albaicín y se detuvo largo rato a admirar las luciérnagas titilantes de sus farolas entre los cipreses, el blanco de sus cármenes que empezaba a difuminarse en los últimos minutos de luz, la animación perpetua que se vivía en las recoletas plazas, las piedras ocres del Salvador… La línea rojiza con la que el ocaso enmarcaba el conjunto se desleía en los cerros que cerraban el panorama. ¿Habría una visión más bella? Quizás  la que estaban contemplando en ese mismo instante los afortunados que, delante de la iglesita de San Nicolás, veían caer la tarde sobre los muros rojos de la Alhambra.

El anuncio de inicio del concierto lo sacó de sus ensoñaciones. El patio circular del Carlos V, una de las salas de concierto con mejor acústica según muchos intérpretes y directores, iba a llenarse de los acordes compuestos por tres músicos mediterráneos: Ravel, Falla y Respighi. Un programa muy bello y con algo en común: músicas impresionistas y evocadoras de ambientes, lugares y épocas. La velada comenzó con el universo infantil sugerido por la bella obra Mi madre la Oca, orquestación hecha por Ravel de su obra original para piano a cuatro manos; la Bella Durmiente, Pulgarcito o la emperatriz de las Pagodas convirtieron el recinto de columnas dóricas y jónicas en un remedo del jardín feérico con que se cierra la pieza. Luego el Viajero, al igual que el público que lo acompañaba, vibró con las alegres notas de La Valse raveliana y se trasladó a la Viena imperial. Y se emocionó, como solía, con la jota final de la segunda suite de El sombrero de tres picos; no podía faltar esa noche la música de Falla, el gaditano que se hizo granadino de adopción, y que vivió muy cerca de donde estaban sonando ahora sus melodías. La segunda parte fue un paseo por la ciudad eterna; sus fuentes y sus pinos. Los dos poemas sinfónicos de Respighi, de ineludible colorido musical, llevaron a los presentes a revivir los sentimientos que distintos lugares de Roma hacen aflorar en el alma sensible que los recorre.  La Royal Philarmonic Orchestra, dirigida por el suizo Charles Dutoit,  supo transmitir la delicadeza y la fuerza de esta música. Una luna lorquiana, a punto de llenarse, se asomó por los tejadillos del palacio atraída  por tan bellos sones.

Todavía con las imágenes de los pinos de la Vía Apia en su imaginación, atravesó el Viajero la puerta de la Justicia. Oyó ahora otros cantares: los del agua cayendo en el pilar de Carlos V, y se sumergió en otro bosque en el que no solo encontró pinos, sino magnolios, cipreses, almeces, avellanos, plátanos, castaños de indias, arces… y el omnipresente arrayán. Lo que se siente en este descenso nocturno–que siempre ha recomendado el paseante a quien bien quiere-  por el camino escoltado por las acequias que no cesan de repetir su sempiterna melodía, es algo inefable. En la puerta de las Granadas, recién restaurada, inició el descenso por la cuesta de Gomérez, felizmente recuperada para el caminar tranquilo. Y ya en Plaza Nueva, y como la noche invitaba al paseo, decidió acercarse por la Carrera del Darro –pocas calles más bellas han contemplado sus ojos- hasta el paseo de los Tristes. No quería concluir su primera noche granadina sin despedirse del palacio rojo, pero ahora desde la otra orilla del Darro. La torre de la Vela le hizo un guiño desde su altura; en el Peinador de la Reina creyó ver una sombra furtiva. Perdió la noción del tiempo. La luna seguía allí.

Fuente foto: www.wikipedia.org
                                                                                                                             

viernes, 13 de julio de 2012

La villa de los siete sietes


El Viajero llegó, casi por casualidad, a Olmedo para asistir al “sí quiero” de unos buenos amigos. Pero no va a dejar el pueblo sin dar su acostumbrado y siempre curioso paseo cultural. Acompañémoslo. 

A mis amigos  Eva y Agus,  que tuvieron el acierto de elegir este  lugar tan singular para comenzar una nueva etapa en sus vidas.


“Siete iglesias y siete conventos, siete plazas y siete fuentes, siete entradas a través de sus siete arcos y siete pueblos dentro de su alfoz con sus siete casas de realengo”. Esta frase que sus amigos colocaron en la original y bella invitación de boda que recibió, llamó poderosamente la atención del Viajero y despertó su curiosidad. Conocía Olmedo como topónimo literario, escenario de uno de los dramas del Fénix de los Ingenios -“Que de noche lo mataron al caballero, la gala de Medina, la flor de Olmedo”-, pero desconocía el lugar real. Por eso, antes de emprender viaje, se documentó latamente. Con la información en sus alforjas, salió temprano hacia el pueblo vallisoletano abundante en olmos, aunque la ceremonia a la que tenía que asistir se celebraría por la noche.
Comenzó su recorrido en el lugar donde confluían casi todas las arterias principales de la población: la plaza Mayor. Allí destacaban dos edificios de interés: la casa de la Villa, con una fachada con arcadas del siglo XVII, que fue ayuntamiento hasta hace muy poco, y el palacio que albergó en otros tiempos la Chancillería, con su empinada torre del reloj;  hoy sala de exposiciones y biblioteca pública. A escasos metros, en otra de las siete plazas de Olmedo, se topó con el antiguo convento de Nuestra Señora de la Merced, la actual casa consistorial; también centro de artes escénicas. Y es que en este pueblo vallisoletano se celebra anualmente un importante festival de teatro clásico. Llamó la atención del visitante su patio de ladrillo, como la mayoría de los edificios que estaba encontrando en su paseo, y con galerías de arcos  de medio punto, la superior acristalada. Enfrente de este histórico ayuntamiento y teatro, contempló la fachada de la iglesia gótico mudéjar de Santa María del Castillo, que aún conservaba una portada románica del siglo XII.
Encaminó a continuación sus pasos hacia la plaza de San Julián. Ocupando el centro de la misma -¿cómo no?- se alzaba el monumento de líneas un tanto modernas al caballero de Olmedo, y detrás de él, la que hubiera sido su casa de haber realmente existido. En una casona del siglo XVII se había instalado un centro de interpretación de su historia, un viaje en el tiempo hasta esas épocas, que se había bautizado con el nombre de Palacio del Caballero. En una esquina de la plaza descubrió un enclave singular: una posada a la vieja usanza, la Gran Posada la Mesnada, con un gran patio porticado y un hermoso jardín, ahora, con los fríos de finales del otoño, bastante desmejorado. Allí repuso el caminante fuerzas para seguir la ruta con un café bien caliente, que estaba el día “para no andar por la calle”, como le sugirió la señora que lo atendió amablemente.
Pero sin arredrarse por el intenso frío, enderezó después por la calle de San Miguel y llegó hasta el arco del mismo nombre unido a un amplio lienzo que aún se conservaba de las murallas. Eran restos de la época gloriosa de Olmedo, de cuando las coplas la llamaban “la villa de los siete sietes”. Al lado, la iglesia de San Miguel, el mejor ejemplo del mudéjar de este pueblo, que encerraba un sepulcro en cuya fábrica observó el paseante la mezcla, tan común en los tiempos medievales castellanos, de las culturas cristiana, árabe y judía. Descendiendo de nuevo por San Miguel, y girando en la travesía de las Cuatro Calles, admiró la bella estructura del ábside de la iglesia de San Andrés, hoy en ruinas, pero restaurada para funcionar como auditorio al aire libre, en el que también se representan obras de arte dramático. En la cercana plaza de San Juan, donde se encontraba la ermita de la misma advocación, y junto a un suntuoso palacio, otrora casa parroquial, descansó unos instantes el Viajero, admirando algo que siempre le había fascinado: las enormes puertas de madera de las casas de labor que rodeaban el  cuadrilátero.
Algo agotado ya, decide desandar lo andado y regresar a la plaza Mayor en la que inició su recorrido. Ha llegado la hora de recuperar fuerzas en alguno de los figones que allí se encuentran.  Además, ¡no era cuestión de despearse! Debe descansar para estar listo para el ajetreo de la boda vespertina. Seguro que no se iría a dormir pronto esa noche. Cuando regresaba a su hotel, agradeció en su fuero interno a sus amigos el haberle dado la oportunidad de descubrir ese enclave castellano. Sabía el Viajero que dejaría  Olmedo sin haber visto muchos de los edificios emblemáticos que había en la villa. Pero no dudaba de que algún día regresaría.

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lunes, 18 de junio de 2012

La alegría de volver a Jerez

Ese espíritu inquieto que es el Viajero, en esta ocasión revisita Jerez de la Frontera. En el tren, saborea por anticipado los días que pasará en la ciudad.
Siempre era una alegría para él regresar a Jerez. En ese fin de semana de noviembre se había buscado la excusa de asistir a la representación de una ópera en su teatro principal,  el Villamarta.  Se trataba de una Traviata que no le ofrecía muchas expectativas; pero era un pretexto muy bueno para volver a la ciudad del vino, el flamenco y los caballos.
El tren cruzaba el valle de los Pedroches cordobés. Un hermoso atardecer reflejaba  sus tonos dorados y rojizos sobre las páginas del libro que el Viajero se esforzaba en leer. No se concentraba. Pronto llegarían a Córdoba, luego Sevilla y, finalmente, Jerez. Pronto podría pasear por la calle Larga, desde la rotonda de los Casinos, hasta encontrarse con el Gallo Azul, donde tomaría unas siempre excelentes tapas. Si hacía buen tiempo, cosa que no era infrecuente en Jerez en otoño, se sentaría en la calle, en uno de esos toneles enormes que hacen la función de mesas a las puertas del establecimiento.  Subiría después por la calle Lancería hasta la alegre plaza del Arenal, y desde allí llegaría a una de los rincones que más le gustaban de Jerez, la plaza de la Asunción, donde se sorprendería otra vez, y se quedaría extasiado, ante la visión del edificio renacentista del Antiguo Cabildo, frontero a la iglesia de San Dionisio; ¿habrían terminado ya su restauración?
Pasearía por la alameda Cristina, debajo de sus altas palmeras, y, después de asomarse a Santo Domingo y bordear el palacio Domecq, se acercaría por la calle Porvera, siempre en sombra por las acacias enormes que forman un arco natural que la cubre, hasta la zona de las bodegas en las que se han instalado los museos del vino –El misterio de Jerez-, el  de relojes –El palacio del tiempo- y el de Enganches. Si los encontraba abiertos, se daría una vuelta por alguno de ellos.
De regreso de este paréntesis museístico, el caminante bordearía las antiguas murallas árabes de la villa, y llegaría por la calle Ancha a uno de los barrios más castizos de Jerez: el de Santiago. Lo recibiría su espectacular iglesia, del gótico tardío, seguro que todavía en obras de restauración. Callejearía por las sinuosas calles de este barrio popular que, en su primera visita a la ciudad, le dio un poco de miedo, por sus callejones solitarios y porque muchas de sus casas están medio derruidas. ¡Qué tarde nos hemos dado cuenta de que teníamos que cuidar los barrios viejos de nuestros pueblos y ciudades, cegados por  el torbellino de la marea urbanística que ha arruinado rincones tan hermosos! Pasaría por la puerta del Centro Andaluz de Flamenco y se acercaría a la plaza del mercado, para comprobar si, por fin, había sido abierto al público el Museo Arqueológico que hacía mucho que quería conocer. En su deambular por el barrio se toparía con las iglesias de San Juan de los Caballeros y San Lucas. Y detrás de la plaza del Museo,  la de San Mateo. Vería en la plaza del Mercado las ruinas del palacio Riquelme, y reflexionaría entonces sobre el paso del tiempo, lo caduco de las vidas y las obras humanas y la inutilidad de atesorar pingües  bienes materiales.
Por la noche se acercaría a tomar unas copas a alguno de los bares de la calle Francos, muchos de ellos casas nobles rehabilitadas, o a la calle Letrados. Y si se encontraba con fuerzas, volvería al barrio de Santiago para pasar un rato en el Bereber, un fastuoso palacio rehabilitado que el Viajero siempre recomienda a todo visitante que quiera disfrutar de un rato de asueto en un local fuera de lo común.
El domingo por la mañana pasearía por el mercadillo de antigüedades de la Alameda Vieja; escucharía, si el tiempo lo permitía, un concierto al aire libre de la Banda Municipal de Jerez en el patio del Alcázar o en el templete de la plaza del Banco. Y deambularía por la catedral, esa joya renacentista que lleva la advocación de San Salvador, con su curiosa torre exenta. ¿Visitaría esta vez las bodegas de Tío Pepe, que estaban tan cerca del templo?
Una voz que, por la megafonía del vagón, anunciaba que faltaban pocos minutos para que el convoy llegara a la  ciudad de Jerez, despertó al Viajero de sus ensoñaciones. Se dispuso a prepararse para abandonar el tren. Cuando cruzaba el espectacular vestíbulo de la estación, revestido de azulejos, sonreía feliz pensando que pronto saludaría al enorme monumento del Minotauro, que ocupa una rontonda muy cercana. Aunque ahora lo vería desnudo -¡pobre, hacía un poco de fresco esa tarde!- porque el Jerez, esa temporada ya no estaba en primera, y no lo habrían vestido con los colores del equipo de fútbol.
Fotos del autor.

jueves, 31 de mayo de 2012

Una loba insulsa y un hilarante inspector

En la recta final de la temporada, el Centro Dramático Nacional nos propone dos visiones completamente distintas del espectáculo teatral: dos obras clásicas pero muy modernas y actuales. Una decepción y una grata sorpresa para el Viajero. El gran teatro del mundo.

Las malas personas son malas hasta las últimas consecuencias. Su falta de escrúpulos les hace permanecer impasibles ante la comisión de atroces acciones que buscan únicamente su provecho. Nunca van a conmoverse ni a perder tiempo ocupándose en lo que puedan sufrir los demás. Los buenos, aun a costa de su propio perjuicio, buscarán siempre la felicidad ajena, siendo una bendición para los que los rodean. Esto es difícil de apreciar en el mundo real, donde no hay nadie que consuma las veinticuatro horas del día siendo un individuo abyecto –el más terrible asesino en serie puede ser un padre, marido, hijo o vecino encantador y muy querido por los suyos-; ni nadie tan bondadoso que no cometa en ocasiones un acto inicuo. Sin embargo es más fácil encontrar personajes de esta calaña en la literatura universal, donde hay seres diabólicos en los que no puede hallarse un ápice de bondad y otros angelicales que sufren las embestidas de los primeros. Es muy frecuente que muchos  autores unten sus argumentos  de un exacerbado maniqueísmo.
Algo  de maniquea tiene la obra The littles foxes de la estadounidense Lillian Hellman, que se está representado estos días en el teatro María Guerrero de Madrid. Fue traducida a nuestra lengua como La loba, en lugar del original Las pequeñas zorras, con el que la autora quiso hacer referencia a los versos del Cantar de los Cantares que dicen: “cazadnos las zorras, las pequeñas zorras que devastan las viñas, pues nuestras viñas están en flor”. La protagonista de la función quizás sea una de las últimas leyendas aún en activo de nuestras tablas: Nuria Espert. Y es ella la que encarna a la protagonista: Regina Hubbard, una dama ambiciosa, que vive a finales de siglo XIX en un estado norteamericano del sur después de la Guerra Civil de Secesión. Criada en el seno de una familia de comerciantes enriquecida que quiere quitar el puesto a la rancia aristocracia sureña, aherrojada por un mundo del que quiere huir, planea junto con sus hermanos un gran negocio basado en la explotación continua y salvaje de los negros que constituyen una mano de obra muy barata. Para conseguirlo -puesto que es mala, muy mala- no duda en pisotear a todos los seres que la rodean, sin excluir a su marido y a su hija –los buenos de la historia-. El mundo se ha portado mal con ella, no ha sido justo, y ella no tiene por qué tener piedad cuando ha llegado el momento de la revancha. La Espert –actriz con la que mantengo una relación de amor-odio desde que la vi por primera vez en el papel de Rosita, la soltera de Lorca en este mismo teatro allá por los años ochenta- no me convenció. Guardaba un buenísimo sabor de boca de su anterior montaje: La violación de Lucrecia, cuyo tormento viví en el teatrillo de Almagro durante el último festival, pero esa noche en Madrid no logró conmoverme. Compuso una Regina bastante falsa, muy amanerada y nada creíble. Aunque era la primera vez que veía esta obra en escena, no puede evitar compararla con la creación del personaje que hizo Bette Davis en la versión cinematográfica que dirigió William Wyler en 1941. La mirada malvada que salía de sus enormes ojos recogía en aquella película toda la perversidad de esa mujer que quiere alcanzar sus objetivos.
Pero el resto de actores –quizás excluiría a Víctor Valverde que encarnaba a James Hiddens, el marido honrado y sufridor de Regina- tampoco logró salvar la función. Encontré su actuación falta de sentimiento, poco natural. En ningún momento se produjo esa mágica sensación ante el escenario de creer que a lo que el espectador asiste es algo real, que los personajes son seres de carne y hueso, y que la historia podría suceder a alguien cercano o incluso a ti mismo. No conecté y no entré en ningún momento en la piel de esos seres que se movían por una escenografía muy convencional, y que parecían querer dejar muy claro que todo lo que decían y hacían era mentira. Gerardo Vera, que venía de triunfar con su Agosto en el coliseo de la plaza de Lavapiés, no encontró en La loba la clave para que sus actores transmitieran emociones veraces. Héctor Colomé y Ricardo Joven, los hermanos de Regina, correctos pero fríos; Carmen Conesa, quizás algo mayor para el papel de la jovencísima Alexandra, la hija de la protagonista; o la sobreactuada Jeannine Mestre, su cuñada, no consiguieron emocionar a una sala que aplaudió correcta y educadamente al final de la representación, pero sólo el tiempo justo hasta que se encendieron las luces. Una loba bastante insulsa.
Sensaciones muy distintas se vivieron al día siguiente en el Valle-Inclán. Cuando terminó la función de El inspector, una pieza del ruso Nikolái Gogol, el público que había estado pasándolo muy bien durante dos horas,  explotó en una fuerte ovación  con la que quiso reconocer al nutrido grupo de actores que habían participado en el espectáculo. Miguel del Arco, artífice de la versión y director de esta fiesta, logró actualizar y hacer muy cercano al espectador un argumento escrito en 1836. Desde luego el tema no ha pasado de moda y seguro que ahora, con la cacareada crisis, es cuando tiene más actualidad. La llegada por sorpresa de un inspector del estado a una pequeña población en la que la corrupción, los favoritismos, los fraudes… han sido tan frecuentes como el respirar, provoca tal situación de nerviosismo entre las fuerzas vivas del municipio que acaban agasajando y sobornando a la persona equivocada. Cual Leandro en Los intereses creados, quien se hace pasar por el noble que no es, el pícaro Iván es tomado por el representante de la ley que deberá juzgar y analizar la situación de caos en que sus autoridades han sumergido a la ciudad. Corrupción política, corrupción humana, corrupción social, ¿hay algún tema más actual que este? ¿Se habla de otra cosa últimamente en los telediarios?

A pesar de ser un reparto muy numeroso, es una obra coral, los actores doblan y triplican sus personajes; se travisten y tan pronto encarnan personajes femeninos como masculinos. Los movimientos escénicos son rápidos y nerviosos. La hilaridad no solo se consigue con la palabra, también con los gestos y la expresión corporal. La escena es sencilla; en ella nos trasladamos con muy pocos elementos de la casa del alcalde a las calles del pueblo, de una pensión de mala muerte a los despachos administrativos del ayuntamiento. Y la protagonista indiscutible de todo el espectáculo es la risa, una risa que actúa a modo de  catarsis entre los asistentes a la disparatada función. La única forma de no caer en la más negra de las depresiones en estos tempus horribilis que vivimos es tomarse las cosas con mucho humor. Esto es lo que nos propone Del Arco y todo su equipo. Ante la impotencia de no poder hacer nada contra la corrupción, la única arma de que disponemos los ciudadanos de a pie es la crítica burlesca, la ridiculización de los corruptos. A modo de comedia de Berlanga, y con raíces en el esperpento del autor que da nombre a este teatro, se van sucediendo escenas grotescas que se acompañan de la música en directo que ejecuta una pequeña banda compuesta de un violín, una tuba y un saxo. Hay momentos en que los actores se convierten en cantantes y entonan melodías pegadizas con estribillos que el público repite. ¡Gran espectáculo!
En suma, como bien dice su director en el programa de mano, la única forma de abordar los temas serios es convertirlos en una comedia delirante. Completamente de acuerdo. Lo pasé francamente bien riéndome de la crisis y de los que la han provocado. Que no nos quite nadie el consuelo de la risa.

Fuente fotos carteles: http://www.cdn.mcu.es/

domingo, 13 de mayo de 2012

Recuerdos de una tradición casi perdida

La matanza del cerdo, todo un ritual familiar y social hoy ya casi perdido. En este escrito, relato mis impresiones infantiles sobre este acontecimiento que se repetía todos los meses de diciembre.

Un día de diciembre frío y con un poco de niebla ha traído hasta mi pensamiento recuerdos de hace muchos años, cuando aún conservaba la inocencia infantil y no estaba tan contaminado como hoy en día por el paso del tiempo. Cuando llegaban esas jornadas que anunciaban el duro invierno manchego, el niño que yo era estaba ya inquieto preguntando a sus padres: “¿Cuándo vamos a la matanza?”. Y es que al pequeño le encantaba asistir todos los años a ese rito en que la familia se proveía de buenas pitanzas que les acompañarían muchos meses.
El fin de semana señalado  sus padres recogían al pequeño en el colegio, entonces se acababa la jornada a las seis de la tarde, por lo que el viaje hasta la finca de Alamillo, un pueblecito cerca de la raya de Extremadura  aunque todavía de la provincia de Ciudad Real, se hacía de noche. A través de las ventanillas del coche el niño jugaba a adivinar las formas caprichosas que tenían las retorcidas encinas que los faros iluminaban. Y cuando por fin llegaban a su destino, el cortijo de los primos, una gran emoción le hacía saltar del vehículo para ver cómo iban los preparativos de todo el ritual que tenía que desarrollarse al otro día. Luego venía la cena en la cocina campera, que exhalaba ya los aromas típicos de la matanza: cebolla cocida, pimentón, ajo, pimienta, orégano…  Y el descanso en una cama amplia que compartía con sus primos pequeños  y en la que costaba meterse: tan frías estaban las sábanas, que muchas veces había que calentarlas con bolsas de agua hirviendo. Y es que el único foco de calor que tenía la casa venía de la chimenea de la cocina; si se asomaba la cabeza de la pila de mantas, las orejas y la nariz se quedaban en el acto congeladas y con riesgo de desprenderse de la cara.
Todos los niños se levantaban muy temprano la mañana siguiente. ¡Comenzaba el duro trabajo para los mayores y la diversión para ellos!  Pero antes venía el desayuno; se solía almorzar migas, de las que nuestro protagonista apartaba los trozos de asadura que no le hacían mucha ilusión. A veces, el cerdo ya estaba muerto cuando llegaban, y esto le suponía un gran consuelo a nuestro pequeño Viajero, porque le horrorizaba la escena de la muerte del animal. Si no había suerte y había que matarlo, veía llegar al matarife con sus utensilios. Los hombres de la casa ponían al desgraciado animal maniatado sobre una mesa, y el experto procedía a degollarlo. En ese momento, el pequeño que se encontraba lejos de la escena, tenía que taparse fuertemente los oídos para no escuchar los terribles chillidos que la víctima profería.  En un lebrillo con un poco de sal gorda, se recogía toda la sangre que soltaba el animal, que tenía que removerse constantemente hasta que se enfriase  para que no se coagulara, y que después serviría para hacer las morcillas. Se colgaba al cerdo de un gancho, después, y con unas aulagas prendidas  se socarraba la piel de la bestia para quitar todas las cerdas y limpiarla bien. Si no había aulagas, se escaldaba el pellejo del  cerdo con agua hirviendo y luego se raspaba meticulosamente. Seguidamente se colocaba a la víctima cabeza abajo y el matador procedía a abrirlo en canal extrayendo bien todas las vísceras y las tripas. Estas se lavaban con agua y jabón porque luego servían para hacer los embuchados. Luego se dejaba el cerdo a la intemperie para que se enfriase y se endureciera.
El día siguiente, era el más divertido para el niño. Las mujeres eran las encargadas de elaborar los embutidos, y él disfrutaba ayudándolas. En las grandes artesas, enormes recipientes de casi dos metros de madera, se mezclaban todos los ingredientes y se amasaban con mucho esmero hasta que se obtenía el resultado deseado, que se probaba friéndolo en pequeñas sartenes en la lumbre. Luego, con la tradicional máquina de embutir, se introducía el bodrio en las tripas. Disfrutaba mucho el pequeño colgándose de la manivela de la máquina y viendo salir el producto por el embudo que rellenaba la tripa arrugada;  a veces, y aunque le decían que parase, jugaba a seguir apretando hasta que la tripa se desbordaba y salía más contenido del deseado. Después, meticulosamente, se ataban las morcillas y se ponían a cocer en grandes baldes metálicos unos quince o veinte minutos; tras esto, se colgaban en el humero de la chimenea para que se secaran y ahumaran convenientemente. Está viva en los recuerdos del jovencito de pocos años esa lluvia de grasa que desprendían durante toda la noche.
Entonces llegaba uno de los momentos preferidos de los chiquillos: les daban las vejigas de los cerdos que se hubieran matado, que ellos hinchaban hasta crear perfectos balones con los que jugar. Otras veces se guardaban para hacer pieles de zambomba que se utilizarían en la navidad cercana.
Otra tarea era la elaboración de los chorizos, para lo que había que picar bien la carne del cerdo que había estado oreándose por la noche. También gustaba mucho el infante de girar la manivela de la máquina picadora, aunque tenía que dejar la mayor parte de las ocasiones la tarea a los mayores porque sus pocas fuerzas no le permitían dar vueltas con presteza.  También se recortaban las paletillas y los jamones, se apartaba el tocino, la panceta, la papada y las entremantas. Y ya estaba prácticamente hecha toda la faena.
Hoy, este anochecer antesala del invierno, me ha llevado a ese tiempo ya tan lejano, a esa reunión familiar en la que era muy feliz. Pasaba mucho frío en la casa de esa finca de Alamillo, pero nunca podré olvidar esas entrañables noches junto a la chimenea, noches de risas, chascarrillos y cuentos junto al fuego, que alegraban mi corazón y me hacían creer que el mundo se limitaba a esos cuatro muros, que no había nada fuera de ellos, que tendría permanentemente ese sentimiento de seguridad. Después el paso de los años me enseñaría que algo, un poco, estaba equivocado.

Fuente imagen: www.wikipedia.org