Contenidos

Mostrando entradas con la etiqueta Gastronomía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gastronomía. Mostrar todas las entradas

martes, 8 de mayo de 2012

Un plato popular manchego: las migas

Un plato que, si bien no es exclusivo de la Mancha, es uno de los más tradicionales y característicos de nuestros pueblos.

¿Hay algo más agradable que una reunión de gente a la que quieres y con la que te sientes muy a gusto? Si además a esa reunión unimos el disfrute de una buena comida, el placer es doble. Yo me he juntado en muchas ocasiones con gente muy cercana en torno a una buena sartén de migas. Es  este un plato muy ligado a toda la tradición gastronómica española, pero que cobra especial relevancia en la Mancha. Tiene un origen humilde: era comida pobre de pastores que tenían que pasar muchos días en el campo, sin otra compañía que la de sus ovejas. Como no disponían de ingredientes variados, tenían que utilizar como base de su alimentación el pan, casi nunca recién hecho. Ahí está el origen de este modesto y sabroso guiso que hoy tiene el honor de no faltar en ningún restaurante que ofrezca comida típica manchega.

Para preparar las migas hay que disponer de una buena cantidad de pan atrasado. Si queremos prepararlas para cinco o seis comensales, habrá que disponer más o menos de un kilo. Es muy importante que el pan no sea reciente sino que, como decimos por aquí, tiene que estar sentao, esto es, que tenga dos o tres días. Si es un pan "moreno" tradicional de nuestros pueblos, mucho mejor. Además necesitamos una cabeza de ajos, un cuarto de litro, aproximadamente, de agua, unos 20 centilitros de aceite y sal.


Picaremos el pan en cuadrados pequeños el día anterior a la preparación. De este modo no se perderá mucho tiempo a la hora de cocinar el plato. Una vez que tenemos troceado el pan, partiremos los ajos por la mitad sin pelar. Prepararemos una buena lumbre de leña -también se pueden hacer en cocina de gas o vitrocerámica pero es obvio que no saben igual- en la que colocaremos las trébedes, y sobre ellas la sartén con el  aceite. Cuando esté caliente, echamos los ajos, los sofreímos y retiramos la sartén hasta que el aceite se enfríe un poco. Añadimos el agua y la sal y lo mezclamos bien. Llega el momento de zambullir las migas en el caldo, removiendo bien con la paleta, para que la mezcla sea uniforme. La cuestión ahora es dar vueltas hasta que estén doradas. La última vuelta, cuando ya vemos que están a punto, se les da con la sartén en el aire. Hay que tener, para esto, mucha habilidad y maestría. Las migas han de acompañarse de torreznos, ajos asados, pimientos verdes y rojos secos, sardinas, chorizos, e incluso uvas o melón. Todo esto, salvo la fruta evidentemente, ha debido freírse previamente. Lo más típico es comerlas directamente de la sartén, colocada en el suelo, y situados los comensales en corro en torno a la misma: “¡cuchará y paso atrás!".

En la Mancha, no sé en otras regiones, existe una variedad de comer las migas: las migas canas. Lo sobrante en la sartén se aprovecha para el postre. Se retiran los ajos y los restos de otros ingredientes, y se añade leche al gusto, también azúcar si se quiere. No hace falta explicar el porqué de su nombre.

No hay festejo popular, romería  o reunión social en las tierras que hollara el caballero de la Triste Figura en la que no esté presente una buena sartená de migas. Son el complemento ideal de estas fiestas, que tienen “mucha miga”. Y es que “no con palabras, sino con migas, se llenan las barrigas”. Allí sí que se hacen “buenas migas”, ¡pobre del que no las haga! Traen alegría a raudales: “migas con tropezones, alegran los corazones”. Y no hay que despistarse, que vuelan; porque ya se sabe: “ya están las migas en la poyata, y el que se descuida no las cata”. Y después de yantar, a bailar y a saltar hasta quedar “hechos migas”. 


Fuente foto: http://www.wikipedia.org/

miércoles, 21 de marzo de 2012

Dulzuras otoñales de la Mancha


Algunos de los más tradicionales postres del otoño de la cocina manchega. ¡Buen provecho!

La llegada del otoño, además de la siembra, trae a las tierras manchegas el olor a mosto. La vendimia, que se realiza por estos lugares entre septiembre y octubre, siempre dependiendo de la climatología, llena de actividad los campos que recorriera el Caballero de la Triste Figura. No es poca cosa la vendimia manchega: estamos hablando de una de las mayores extensiones de viñedo del mundo. Pues como viñas hay muchas, y uvas también, no todo el producto se destina a la elaboración del riquísimo vino; también se utiliza un poco del mosto que se obtiene para endulzar los paladares de los sufridos vendimiadores que se desloman en el duro trabajo de la recolección.

El mostillo es un dulce que me ha fascinado desde pequeño. No se puede encontrar nada más que en el otoño, en la temporada de vendimia, y esto lo hace más apetecible y deseable: las cosas que podemos comer frecuentemente y se encuentran todo el año con facilidad, no nos saben tan bien como aquellas que esperamos con deseo porque sólo las tenemos en una temporada concreta. Pues eso pasa con el mostillo. Siempre me pregunté en mis años infantiles cómo era posible que el líquido zumo de la uva se convirtiera en ese rico producto sólido de un color encarnado oscuro intenso.

Para hacer un buen mostillo, es imprescindible tener mosto recién exprimido, cogido directamente en el momento de la prensa. El primer paso es hervir el zumo de la uva hasta que quede reducido a la mitad (hay que tener en cuenta que si se ponen a cocer dos litros, finalmente sólo quedará uno). A este proceso se le llama "aclarar el mosto". Después hay que dejarlo enfriar unas veinticuatro horas, con el objeto de que repose y todas las impurezas que contenga queden en el fondo del recipiente, y podamos retirarlas con facilidad. A continuación añadimos harina (aproximadamente 100 gramos por cada litro de mosto cocido) y lo pasamos por un colador. ¡Y otra vez al fuego! Pero esta vez, un fuego moderado y sin dejar ni un instante de remover con la paleta hasta que espese. Para comprobar si está bien cocido y espeso hay que poner una cucharada de mostillo caliente sobre un plato y dejar que se enfríe, y cuando esté frío ponerlo boca abajo: si no se despega, es que ya está listo. Entonces se retira del fuego, se añade la ralladura de un limón, canela molida y, con todas las fuerzas de que uno disponga, se darán vueltas al producto para que todo se mezcle bien. Seguidamente, y todavía en caliente, hay que repartirlo en platos, moldes o recipientes pequeños. Cuando se enfríe, quedará completamente sólido.

El otoño es también la época del membrillo. Cuando menciono esa palabra, todavía puedo oler, a pesar de que ya ha llovido mucho desde entonces, el aroma que desprendían los cajones de los armarios y las cómodas de la casa de mi abuela, que solía introducir aquí y allá los amarillos frutos. Me gustaría repetir esa costumbre hoy en mi hogar, pero no tengo membrillos a mano. Solamente queda un triste árbol en el corral de la casa de mi infancia, que resiste, con su tronco retorcido, añorando horas mejores en las que estaba rodeado de muchos compañeros, y que apenas da ya fruto por viejo... La carne de membrillo es un dulce que también se elabora en el otoño, cuando maduran los frutos. Una vez recolectados, hay que empezar escaldándolos para poder pelarlos bien (están cubiertos por una pelusilla que puede irritar las pieles más sensibles). Se les quita la cáscara y la parte central. En una cacerola colocaremos el membrillo, azúcar (la misma cantidad que de membrillo; es decir: un kilo de azúcar por cada kilo de membrillo), y un poco de agua y se deja cocer a fuego lento, removiéndolo constantemente, para evitar que el fondo se agarre. Cuando esté espeso y adquiera un tono dorado, haremos la misma prueba que con el membrillo, la de la cucharada en el plato: si no se despega, ya está en su punto. Luego se reparte en diversos recipientes y cuando se enfríe, ya se puede comer. Es muy fácil de elaborar, ¡y menuda cantidad de calorías que nos echamos para el cuerpo! El dulce de membrillo casero no tiene nada que ver con el que venden industrial. Y con queso, sabe a beso...

He dejado para el final un postre que combina los dos ingredientes estrella de los platos anteriores. Y es que para hacer arrope al estilo manchego -ya sé que en otros lugares lo hacen con calabaza- son necesarios: una manzana, una raja de melón, un membrillo y un litro de mosto ya cocido. Cuando estén limpias las frutas, las troceamos y las ponemos a hervir con el mosto a fuego lento. Las dejaremos cocer hasta que el producto tome la consistencia de un jarabe. Entonces, se retira del fuego y cuando este frío, ya se puede comer. Este postre está especialmente indicado para los que sean auténticos golosos -"galgos", decimos en mi tierra- porque resulta extremadamente dulce.

No he presentado aquí postres exquisitos o muy refinados. Se trata de postres sencillos, humildes, elaborados con productos que los hombres y mujeres del campo tienen a mano. Postres que han endulzado generación tras generación, la dura vida de personas que con el sudor de su frente han doblegado una tierra extrema y dura como la Mancha.

Foto del autor.

sábado, 7 de enero de 2012

Otras delicias manchegas

Algunos platos muy típicos de mi tierra, a los que asocio muy buenos recuerdos, y que quiero compartir con vosotros. ¡Qué aproveche!

A mi madre la mejor cocinera del mundo. Gracias por estas sabrosas recetas


Muchos de mis recuerdos de infancia y adolescencia, cuando aún vivía en casa de mis padres, se ambientan en una gran mesa de comedor, una gran familia sentada a su alrededor y viandas, muchas viandas ocupando la mesa. Esas reuniones familiares, en las que a veces nos reencontrábamos con parientes a los que hacía tiempo que no veíamos -gajes de la emigración interior que llenó de penas a muchas familias en los años 60 y 70- y que nos contaban sus peripecias y vicisitudes en tierras lejanas. En esas reuniones se hablaba, se recordaban tiempos pasados con nostalgia, seres queridos que ya no estaban entre nosotros y, sobre todo, se comía, y mucho. Entre otros platos apetitosos, la cocina típica manchega era la estrella: el pisto, el asadillo, el tiznao, las berenjenas de Almagro... hacían las delicias de los comensales, sobre todo de aquellos que, por vivir lejos, no podían disfrutar de ellas salvo en estas ocasiones.

Muchos de vosotros, seguro, tendréis recuerdos similares unidos a otros sabores, pero como creo que no conocéis estos platos, os voy a contar cómo se preparan, por si queréis llenar vuestras cocinas y comedores de aromas y gustos manchegos.

Asadillo. Bonito nombre para un plato cuya base son, precisamente, los pimientos rojos carnosos "asados" al horno. Su rojo intenso destaca vivamente sobre los blancos manteles, dando un toque de bellísimo color a la mesa. Cuando hemos asado, como ya queda dicho, los pimientos, y una vez que éstos están fríos, se pelan y se cortan en tiras. En la sartén, se fríen, siempre con aceite de oliva virgen, unos tomates -la mitad de cantidad que de pimientos hayamos asado-. Cuando el tomate está a medio hacer, se aparta. Se majan en el mortero dos o tres ajos y comino, añadimos a esta mezcla un poco del caldo que han soltado los pimientos al asarse y, si es necesario, un poco de agua. Este preparado, junto con los pimientos que hemos reservado antes, se une al tomate que nos espera a medio freír en la sartén. Se añade aceite en crudo y se deja hervir unos diez minutos. Sólo falta añadir sal, al gusto del cocinero y de sus comensales, y ya está listo.

El tiznao, parece ser -tampoco me hagáis mucho caso-, toma su nombre de la tizne que acumulaban las ollas y cacerolas, tras haber sido lamidas por la llama en numerosas ocasiones. Es un plato con ingredientes sencillos: bacalao, patata, cebolleta, ajo, pimiento rojo seco y pimentón. Tras haber cocido las patatas, en un asador se asan el bacalao, los ajos y el pimiento, teniendo especial cuidado de que, sobre todo el pimiento, no se queme. A continuación, y una vez asado el bacalao se le retira la piel y las espinas y se desmiga; los ajos se pelan, y el pimiento se trocea. Juntaremos todos los ingredientes en una fuente y verteremos un vaso de agua hirviendo, con el objeto de que el bacalao suelte su sal. Se añaden las patatas peladas, una cucharadita de pimentón y aceite de oliva virgen crudo. Falta, para completar el plato, cebolleta cruda picada y una pizca de vinagre al gusto. Removemos todo muy bien. No conviene añadir sal porque el plato ya quedará suficientemente salado con la que lleva el bacalao. Si queréis disfrutar de un tiznao exquisito y en su justo punto de sabor, es mejor prepararlo un día antes de ser consumido, porque cuando los ingredientes se asientan está más apetitoso.

¿Quién no ha oído hablar todavía de las berenjenas de Almagro? Se trata de un fruto típico de estas tierras y que no se cultiva exclusivamente en esta localidad, pero ha sido la población del corral de comedias la que le ha dado nombre, y lo ha hecho famoso. Estas berenjenas no tienen mucho que ver con las que usamos normalmente en la cocina. Si acaso, podrían considerarse primas segundas. Son de tamaño medio, más pequeñas que sus parientes lejanos, y tienen una baya central de una amalgama de color violeta, verde jaspeado y morado intenso, que está recubierta casi en su totalidad por una áspera piel, Se trata de un cultivo muy esquilmante del terreno, por lo que en una misma parcela se procura no repetir la plantación hasta pasados seis o siete años. Hoy están protegidas por el Consejo Regulador de la Denominación de Origen.

El primer reto a la hora de cocinar las berenjenas de Almagro, es conseguirlas. Y es que esto no es fácil. Incluso en los mercados de la zona en que se cultivan hay años en que son escasas. Por lo que, si queréis disfrutar del placer de prepararlas, tendréis que hacer un viajecito hasta los campos de Calatrava en los primeros días del otoño, y probar suerte. Fuera de sus dominios es imposible encontrarlas crudas. Los afortunados que las hayan conseguido, tendrán que cocerlas en una olla con abundante agua, cubriéndolas con hojas de parra o higuera. Os parecerá bastante inusual esta tapadera vegetal, pero es que la sabiduría manchega llegó a la conclusión de que estas hojas tienen el poder de evitar que las berenjenas se oxiden y pierdan su tono natural. Una vez cocidas, se dejan enfriar completamente y en otra olla se prepara un caldo con mucha agua, bastante ajo machacado, cominos, vinagre y sal. Una por una, se les raja la tripa a las sufridas berenjenas, y se introduce en ellas una tira de pimiento asado rojo, que se sujetará con un palillo de hinojo -¡qué sabor el de esta planta!-. Zambulliremos una por una las berenjenas en el caldo que hemos preparado, teniendo cuidado de que queden bien cubiertas por el mismo. Después añadimos el resultado de batir medio vaso de aceite con una cucharada de pimentón. Tendremos que esperar una semana para que los frutos estén totalmente curados, y poder entonces disfrutar de su peculiar sabor.

Platos de mi infancia, de mi adolescencia, de toda mi vida. Platos exquisitos, preparados con muchísimo esmero y amor por esos seres queridos que ponían -y ponen- además de los ingredientes que os he enumerado, uno muy importante: una gran dosis de amor. Los he comido en cientos de ocasiones en compañía de personas que me querían y a las que quería. Su sabor está siempre presente en mi boca y en mi paladar, y me ayudan a mantener -a duras penas- muchas ilusiones de tiempos pasados.
Fuente foto: www.wikipedia.org

jueves, 8 de diciembre de 2011

Unas navidades muy dulces

Dedicado a mi abuela materna, Petra, y a mi bisabuela Iluminada. Donde quiera que estén, seguro que siguen llenando de dulzor a todos cuantos las rodean.


Érase una vez, hace muchos, muchos años, casi cuarenta, un niño que vivía feliz en una pequeña ciudad en los límites de la Mancha llamada Puertollano. Era una ciudad muy populosa; las minas de carbón en otros tiempos, y la refinería petroquímica más reciente, habían atraído a oleadas de andaluces y extremeños, amén de otros pobladores de la provincia, que veían en este foco industrial una salida para la difícil situación económica que vivían en sus lugares de origen. La ciudad había crecido de forma caótica, ocupando las casas los cerros cercanos sin ningún orden. Pero el niño, ajeno por aquel entonces a estas cuestiones urbanísticas, vivía alegre con sus padres, su abuela y su tía en una humilde casita, eso sí, con un enorme corral y un ameno patio en el que daba gusto estar en verano bajo la sombra de las parras.

Nuestro niño, de natural soñador, se alegraba muchísimo cuando empezaban a llegar los primeros fríos y las tempranas nieblas que hacían estar la estufa de carbón del comedor todo el día, y gran parte de la noche encendida. No es que le gustase el invierno, es que ya barruntaba que llegaba la navidad. Y no hace falta que os explique lo que la navidad gusta a los niños...

La actividad en la cocina comenzaba a ser febril cuando sólo faltaba una semana para que comenzaran las fiestas. Las mujeres de la casa, se ponían manos a la masa, nunca mejor dicho, para elaborar los ricos dulces navideños tradicionales, que se hacían en grandes cantidades, porque eran muchas las bocas que había que endulzar con ellos. ¡Qué lejos han quedado ya esas navidades multitudinarias en familia! Había que preparar los barquillos -o bartulillos, como también eran llamados-, los enaceitados, las flores, las magdalenas, los mantecados y los rosquillos. Esa actividad fascinaba al pequeño, que no paraba de ir de un lado a otro, metiendo las manos por todas las fuentes, y pidiendo a gritos que le prepararan sus pirulíes, tijeras y llaves de caramelo. Era digno de ver con qué facilidad su abuela, después de haber cocido el caramelo líquido, lo echaba sobre una cama de azúcar en la que previamente, con una llave, o unas tijeras, había hecho la forma; al solidificarse daba como resultado un rico dulce. Los cucuruchos para hacer los pirulíes se colocaban en botellas de vino o cerveza vacías, hasta que se enfriaban. ¡Con qué delectación chupaba el pequeño esos caramelos sin conservantes ni colorantes! Su abuela había tenido una buena maestra: su madre, bisabuela del niño, se había recorrido media comarca con un puesto ambulante de turrones, garrapiñadas y otras dulzainas, que previamente preparaba de forma artesanal en casa.

Para hacer una buena cantidad de magdalenas se necesitaba una docena de huevos. Tras separar las yemas de las claras, se batían éstas, hasta que quedaran a punto de nieve. Después se batían las yemas. En un dornillo o recipiente de barro, en el que ya estaban los huevos, se añadían por orden: un kilo y medio de harina, un kilo de azúcar, medio litro de aceite previamente tostado, un litro de leche, la ralladura de un limón y unos papelillos gaseosos de levadura. Se mezclaba todo muy bien. Y a continuación, con una cuchara, se iban llenando los moldes de papel hasta las tres cuartas partes de su capacidad, para evitar que rebosaran cuando aumentaran su volumen en el horno.

La manteca fresca de cerdo era el ingrediente principal de los mantecados. No era problema conseguirla porque se había traído de la cercana matanza. Se debía derretir hasta que se volviera líquida, un kilo y medio de manteca. Además, para preparar la masa había que añadir medio litro de vino blanco, un cuarto de azúcar, la ralladura de un limón, una copa de anís, el zumo de un kilo de naranjas y unos dos kilos de harina. Había que coger una pequeña cantidad de la masa y extenderla sobre la mesa hasta que tuviera un grosor de más o menos dos centímetros. Con el molde, se cortaban los mantecados y se disponían en una bandeja untada de aceite tostado o harina. Y directamente al horno. Cuando estaban dorados, se espolvoreaban con azúcar.

¡Qué sabrosos estaban los enaceitados -o "enaceitaos", como todos los llamaban- que preparaban con tanto cariño las mujeres de la casa! Al pequeño le fascinaban las curiosas formas que tenían: corazones, rombos... según el molde que se utilizara en cada bandeja. Para obtener tan buen resultado había que comenzar por tostar un cuarto de litro de aceite, al que se añadía un vasito de aguardiente, el zumo de cinco naranjas, medio kilo de azúcar, ocho yemas de huevo y, finalmente, la harina que admitiera la masa, cuidando de que no quedara demasiado espesa. Tenía que quedar suelta. A continuación, se extendía la masa sobre la mesa y se iba cortando con esos moldes que les daban formas tan pintorescas. El siguiente paso era dorarlos en el horno.

Estos tres dulces se elaboraban en el horno, todavía caliente después de la hornada del día, que cedía amablemente la panadería cercana. ¡Qué divertido era para el infante que ya sentía tan cercana la presencia de las fiestas ir tras sus queridas mujeres, llevando algunas latas de hornear, u otros enseres pequeños, acordes con el tamaño de sus manos. La masa cruda ya preparada se llevaba en dornillos cubiertos con mucho esmero por unos paños de cocina. Le gustaba mucho al niño ver entrar y salir las bandejas del horno y, con mucho recelo, se asomaba a la boca de la que salía un calor excesivo, pero no molesto, dada la temperatura ambiente del exterior. Cuando veía sobre las enormes mesas de la panadería las bandejas con las magdalenas recién hechas, sentía deseos de morder alguna, pero siempre lo impedía su madre que argumentaba que aún estaban calientes y podían hacerle daño. Cuando volvían a casa, daba gusto ver las alacenas llenas de esos ricos dulces que alegrarían los días que estaban por venir. El pequeño no lo sabía entonces, pero cuarenta años más tarde, añoraría esos momentos tan felices en los que sus seres queridos unían la dulzura con la que lo cuidaban a la de esas delicias cuyo sabor nunca olvidaría.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

El auténtico y genuino pisto manchego

Defensa de uno de los platos más característicos de la Mancha, al menos de Ciudad Real, que ha pasado a formar parte de muchos menús del día de forma adulterada.

Hace algún fin de semana, en una de mis numerosas escapadas a Madrid para disfrutar de algún acontecimiento cultural, me encontraba por el abigarrado barrio de las Letras, dispuesto a disfrutar de uno de los suculentos y no demasiado caros menús que ofrecen los figones de la zona. No suelo repetir restaurante, o al menos, no vuelvo a un sitio en el que he comido de forma muy seguida; me gusta explorar nuevos sitios. Y Madrid, en este sentido, ofrece mucho. Me topé con un local que ofrecía en su menú, como primer plato, pisto manchego. Mi primera reacción fue pasar de largo: ya he probado muchos "pistos manchegos" en muchos restaurantes de varias regiones españolas, y ninguno se parecía lo más mínimo al que yo he comido siempre en mi tierra. Lo que sirven es una especie de "ratatouille" francesa, una mezcla de hortalizas: tomate, pimiento, berenjena, calabacín, cebolla... y yo no sé qué ingredientes más.. Y eso no es pisto manchego, al menos el pisto manchego que hacemos y comemos en Ciudad Real. No obstante, me decidí a entrar. Y una nueva desilusión se sumó a la que tantas veces ya me había llevado: aquello tampoco se parecía a "mi" pisto manchego.

No me atreví en aquel momento a enfentarme con el cocinero -hubiera sido demasiado osado y engreído- para explicarle realmente cómo se hace un buen pisto manchego. Además, tampoco tenía yo muy clara la receta; lo he preparado en alguna ocasión. pero no con tan buenos resultados como el que cocina mi madre. ¡Ah, las madres! Y como tengo la gran suerte de ver a mi madre con frecuencia, uno de los fines de semana que pasé en su casa, aproveché para que me recordara la auténtica receta del pisto manchego -o de mi comarca, que quizás en algún otro lugar de la Mancha lo preparen de otra forma-. Y ahora me dispongo a contárosla, aunque el pobre cocinero del figón del barrio de las Letras siga haciendo ese sucedáneo de piso que puede gustar a otros, pero no a mí.


Pues ahí va. Los ingredientes son bien simples: pimiento verde, tomate, sal y aceite de oliva virgen extra -permitidme una recomendación: nunca uséis otro en vuestros platos-. No os doy cantidades exactas; muchos buenos cocineros elaboran sus platos "a ojo de buen cubero"; todo depende de la ración que queráis preparar. Picad bien el pimiento y ponedlo a freír en abundante aceite caliente. Cuando el pimiento está a medio freír añadid el tomate, también bien picado, y al que previamente le hemos retirado la piel. Dejadlo freír un tiempo, removiéndolo para que no se pegue, y picándolo todo muy bien con la paleta, hasta que se vea que está bien hecho. Añadid sal a gusto y, si lo probáis y el tomate está muy ácido, conviene añadir una cucharadita de azúcar para matar esta acidez. Tened en cuenta que es un trabajo muy laborioso y no puede descuidarse en el fuego porque el resultado puede "agarrarse" a la sartén y quemarse. Dependiendo de la cantidad, se puede tardar en prepararlo entre hora y hora y media aproximadamente.

El resultado es exquisito. Es un plato de ingredientes muy simples, pero la mezcla del pimiento verde y el tomate lo hace único. Seguro que si lo probáis os gustará. Es especialmente recomendable con unos buenos huevos fritos con su puntilla. También es frecuente que se prepare con carne magra de cerdo, que se fríe aparte y se añade cuando el pisto está listo.

Otro día os hablaré de otras delicias manchegas como el asadillo, el tiznao, o las riquísimas berenjenas de Almagro. Así os convenceréis de que en la Mancha hay otras cosas además de mucho pan, mucho aceite y mucho tocino, como dice la copla. Hoy no os canso más. Ya me quedo bastante satisfecho con haber reivindicado mi pisto. Espero que también vosotros lo busquéis a partir de ahora y no os conforméis con burdas imitaciones.

Foto del autor.