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domingo, 13 de mayo de 2012

Recuerdos de una tradición casi perdida

La matanza del cerdo, todo un ritual familiar y social hoy ya casi perdido. En este escrito, relato mis impresiones infantiles sobre este acontecimiento que se repetía todos los meses de diciembre.

Un día de diciembre frío y con un poco de niebla ha traído hasta mi pensamiento recuerdos de hace muchos años, cuando aún conservaba la inocencia infantil y no estaba tan contaminado como hoy en día por el paso del tiempo. Cuando llegaban esas jornadas que anunciaban el duro invierno manchego, el niño que yo era estaba ya inquieto preguntando a sus padres: “¿Cuándo vamos a la matanza?”. Y es que al pequeño le encantaba asistir todos los años a ese rito en que la familia se proveía de buenas pitanzas que les acompañarían muchos meses.
El fin de semana señalado  sus padres recogían al pequeño en el colegio, entonces se acababa la jornada a las seis de la tarde, por lo que el viaje hasta la finca de Alamillo, un pueblecito cerca de la raya de Extremadura  aunque todavía de la provincia de Ciudad Real, se hacía de noche. A través de las ventanillas del coche el niño jugaba a adivinar las formas caprichosas que tenían las retorcidas encinas que los faros iluminaban. Y cuando por fin llegaban a su destino, el cortijo de los primos, una gran emoción le hacía saltar del vehículo para ver cómo iban los preparativos de todo el ritual que tenía que desarrollarse al otro día. Luego venía la cena en la cocina campera, que exhalaba ya los aromas típicos de la matanza: cebolla cocida, pimentón, ajo, pimienta, orégano…  Y el descanso en una cama amplia que compartía con sus primos pequeños  y en la que costaba meterse: tan frías estaban las sábanas, que muchas veces había que calentarlas con bolsas de agua hirviendo. Y es que el único foco de calor que tenía la casa venía de la chimenea de la cocina; si se asomaba la cabeza de la pila de mantas, las orejas y la nariz se quedaban en el acto congeladas y con riesgo de desprenderse de la cara.
Todos los niños se levantaban muy temprano la mañana siguiente. ¡Comenzaba el duro trabajo para los mayores y la diversión para ellos!  Pero antes venía el desayuno; se solía almorzar migas, de las que nuestro protagonista apartaba los trozos de asadura que no le hacían mucha ilusión. A veces, el cerdo ya estaba muerto cuando llegaban, y esto le suponía un gran consuelo a nuestro pequeño Viajero, porque le horrorizaba la escena de la muerte del animal. Si no había suerte y había que matarlo, veía llegar al matarife con sus utensilios. Los hombres de la casa ponían al desgraciado animal maniatado sobre una mesa, y el experto procedía a degollarlo. En ese momento, el pequeño que se encontraba lejos de la escena, tenía que taparse fuertemente los oídos para no escuchar los terribles chillidos que la víctima profería.  En un lebrillo con un poco de sal gorda, se recogía toda la sangre que soltaba el animal, que tenía que removerse constantemente hasta que se enfriase  para que no se coagulara, y que después serviría para hacer las morcillas. Se colgaba al cerdo de un gancho, después, y con unas aulagas prendidas  se socarraba la piel de la bestia para quitar todas las cerdas y limpiarla bien. Si no había aulagas, se escaldaba el pellejo del  cerdo con agua hirviendo y luego se raspaba meticulosamente. Seguidamente se colocaba a la víctima cabeza abajo y el matador procedía a abrirlo en canal extrayendo bien todas las vísceras y las tripas. Estas se lavaban con agua y jabón porque luego servían para hacer los embuchados. Luego se dejaba el cerdo a la intemperie para que se enfriase y se endureciera.
El día siguiente, era el más divertido para el niño. Las mujeres eran las encargadas de elaborar los embutidos, y él disfrutaba ayudándolas. En las grandes artesas, enormes recipientes de casi dos metros de madera, se mezclaban todos los ingredientes y se amasaban con mucho esmero hasta que se obtenía el resultado deseado, que se probaba friéndolo en pequeñas sartenes en la lumbre. Luego, con la tradicional máquina de embutir, se introducía el bodrio en las tripas. Disfrutaba mucho el pequeño colgándose de la manivela de la máquina y viendo salir el producto por el embudo que rellenaba la tripa arrugada;  a veces, y aunque le decían que parase, jugaba a seguir apretando hasta que la tripa se desbordaba y salía más contenido del deseado. Después, meticulosamente, se ataban las morcillas y se ponían a cocer en grandes baldes metálicos unos quince o veinte minutos; tras esto, se colgaban en el humero de la chimenea para que se secaran y ahumaran convenientemente. Está viva en los recuerdos del jovencito de pocos años esa lluvia de grasa que desprendían durante toda la noche.
Entonces llegaba uno de los momentos preferidos de los chiquillos: les daban las vejigas de los cerdos que se hubieran matado, que ellos hinchaban hasta crear perfectos balones con los que jugar. Otras veces se guardaban para hacer pieles de zambomba que se utilizarían en la navidad cercana.
Otra tarea era la elaboración de los chorizos, para lo que había que picar bien la carne del cerdo que había estado oreándose por la noche. También gustaba mucho el infante de girar la manivela de la máquina picadora, aunque tenía que dejar la mayor parte de las ocasiones la tarea a los mayores porque sus pocas fuerzas no le permitían dar vueltas con presteza.  También se recortaban las paletillas y los jamones, se apartaba el tocino, la panceta, la papada y las entremantas. Y ya estaba prácticamente hecha toda la faena.
Hoy, este anochecer antesala del invierno, me ha llevado a ese tiempo ya tan lejano, a esa reunión familiar en la que era muy feliz. Pasaba mucho frío en la casa de esa finca de Alamillo, pero nunca podré olvidar esas entrañables noches junto a la chimenea, noches de risas, chascarrillos y cuentos junto al fuego, que alegraban mi corazón y me hacían creer que el mundo se limitaba a esos cuatro muros, que no había nada fuera de ellos, que tendría permanentemente ese sentimiento de seguridad. Después el paso de los años me enseñaría que algo, un poco, estaba equivocado.

Fuente imagen: www.wikipedia.org

martes, 8 de mayo de 2012

Un plato popular manchego: las migas

Un plato que, si bien no es exclusivo de la Mancha, es uno de los más tradicionales y característicos de nuestros pueblos.

¿Hay algo más agradable que una reunión de gente a la que quieres y con la que te sientes muy a gusto? Si además a esa reunión unimos el disfrute de una buena comida, el placer es doble. Yo me he juntado en muchas ocasiones con gente muy cercana en torno a una buena sartén de migas. Es  este un plato muy ligado a toda la tradición gastronómica española, pero que cobra especial relevancia en la Mancha. Tiene un origen humilde: era comida pobre de pastores que tenían que pasar muchos días en el campo, sin otra compañía que la de sus ovejas. Como no disponían de ingredientes variados, tenían que utilizar como base de su alimentación el pan, casi nunca recién hecho. Ahí está el origen de este modesto y sabroso guiso que hoy tiene el honor de no faltar en ningún restaurante que ofrezca comida típica manchega.

Para preparar las migas hay que disponer de una buena cantidad de pan atrasado. Si queremos prepararlas para cinco o seis comensales, habrá que disponer más o menos de un kilo. Es muy importante que el pan no sea reciente sino que, como decimos por aquí, tiene que estar sentao, esto es, que tenga dos o tres días. Si es un pan "moreno" tradicional de nuestros pueblos, mucho mejor. Además necesitamos una cabeza de ajos, un cuarto de litro, aproximadamente, de agua, unos 20 centilitros de aceite y sal.


Picaremos el pan en cuadrados pequeños el día anterior a la preparación. De este modo no se perderá mucho tiempo a la hora de cocinar el plato. Una vez que tenemos troceado el pan, partiremos los ajos por la mitad sin pelar. Prepararemos una buena lumbre de leña -también se pueden hacer en cocina de gas o vitrocerámica pero es obvio que no saben igual- en la que colocaremos las trébedes, y sobre ellas la sartén con el  aceite. Cuando esté caliente, echamos los ajos, los sofreímos y retiramos la sartén hasta que el aceite se enfríe un poco. Añadimos el agua y la sal y lo mezclamos bien. Llega el momento de zambullir las migas en el caldo, removiendo bien con la paleta, para que la mezcla sea uniforme. La cuestión ahora es dar vueltas hasta que estén doradas. La última vuelta, cuando ya vemos que están a punto, se les da con la sartén en el aire. Hay que tener, para esto, mucha habilidad y maestría. Las migas han de acompañarse de torreznos, ajos asados, pimientos verdes y rojos secos, sardinas, chorizos, e incluso uvas o melón. Todo esto, salvo la fruta evidentemente, ha debido freírse previamente. Lo más típico es comerlas directamente de la sartén, colocada en el suelo, y situados los comensales en corro en torno a la misma: “¡cuchará y paso atrás!".

En la Mancha, no sé en otras regiones, existe una variedad de comer las migas: las migas canas. Lo sobrante en la sartén se aprovecha para el postre. Se retiran los ajos y los restos de otros ingredientes, y se añade leche al gusto, también azúcar si se quiere. No hace falta explicar el porqué de su nombre.

No hay festejo popular, romería  o reunión social en las tierras que hollara el caballero de la Triste Figura en la que no esté presente una buena sartená de migas. Son el complemento ideal de estas fiestas, que tienen “mucha miga”. Y es que “no con palabras, sino con migas, se llenan las barrigas”. Allí sí que se hacen “buenas migas”, ¡pobre del que no las haga! Traen alegría a raudales: “migas con tropezones, alegran los corazones”. Y no hay que despistarse, que vuelan; porque ya se sabe: “ya están las migas en la poyata, y el que se descuida no las cata”. Y después de yantar, a bailar y a saltar hasta quedar “hechos migas”. 


Fuente foto: http://www.wikipedia.org/

martes, 24 de abril de 2012

La "Toledillo" de la Mancha

En sus andanzas por la geografía española, llega el viajero a Yepes, población de la provincia de Toledo, conjunto histórico-artístico, de gran riqueza monumental.
Atraído por lo que ha leído de su iglesia parroquial, a la que llaman “la catedral de la Mancha”, nuestro Viajero llega a Yepes. Las guías turísticas se hacen eco de sus grandes dimensiones y la consideran, después de la catedral de Toledo, el monumento religioso más importante de la provincia. No puede perderse  un edificio tan singular, deseoso siempre de atesorar en su retina y en su cámara fotográfica, nuevas imágenes artísticas.
Entra el caminante por la puerta de la Villa, también llamada de San Cristóbal, de la antigua muralla, que conserva sus dos torrecillas almenadas. Pero antes ha contemplado sorprendido un magnífico ejemplo de gótico isabelino: un rollo inquisitorial, o picota, que se yergue orgulloso en una rotonda. Situado fuera de la muralla, hoy presenta un aspecto incompleto ya que le falta su remate. Sin embargo, no ha perdido ni un ápice de su belleza. El Viajero la admira, y no se para a pensar en las terribles escenas que en tiempos más tristes tendrían lugar aquí. Tras franquear el arco, se vuelve y descubre en su cara interna una pequeña hornacina con un gracioso San Cristóbal que parece darle la bienvenida.
Cuando se adentra en el laberinto de calles que conservan su trazado medieval, va descubriendo otros restos interesantes de la muralla de esta importante villa, cedida por Alfonso VIII al arzobispo de Toledo, Jiménez de Rada, y vendida, según le cuentan, por el rey Felipe II siglos después a su concejo ciudadano. Son dos torres albarranas que han desafiado el paso de los años y a las que se han pegado, como lapas, otras construcciones más modernas.  Se suceden ante los ojos del Viajero, siempre ávidos por descubrir pequeños tesoros, casonas nobles con sus escudos heráldicos y otras menos nobles, con  grandes portadas de madera y cubierta de tejas, tan características de estas tierras manchegas.  También encuentra algunas edificaciones del siglo XVII, época en la que Yepes recobró viejos esplendores perdidos, como el convento barroco de Carmelitas y los hospitales de la Concepción y San Nicolás.
Relatan al paseante leyendas de amores entre judíos y cristianos con finales siempre trágicos que, como en tantos otros lugares de la piel de toro, tuvieron como escenario la villa de Yepes. Y es que esta localidad albergó en la época medieval un importante censo de pobladores judíos, árabes y cristianos que vivían en una idealizada y no siempre cierta convivencia pacífica. Por este motivo, y por su riqueza patrimonial, dicen al viajero con mucho orgullo que recibe este pueblo el apelativo de la “Toledillo” de la Mancha.
Al final de una animada calle, divisa la impresionante y porticada plaza Mayor. Pero cuando intenta acceder a ella, una valla metálica le impide el paso. ¡Oh desilusión! Toda la plaza está en obras y solamente se puede pasear debajo de los pórticos. La plaza quedará bonita, o eso esperan los yeperos, cuando la terminen; aunque las obras parecen alargarse más de lo previsto. Dos edificios llaman la atención del caminante en esta plaza: el denominado “Edificio de las Buhardillas”, del XVIII, cuya planta y trazado fue supervisado por Juan de Villanueva, y la desafiante mole de la colegiata de San Benito Abad.
 Al encontrarse frente a la iglesia, y a pesar de que no puede contemplarla desde todas las perspectivas que quisiera por culpa de las dichosas reformas  -¿por qué tiene que afectar tanto el paso del tiempo a las obras humanas?-  piensa que su visita a Yepes ha quedado  perfectamente justificada. En su exterior examina despacio las dos portadas renacentistas y se sorprende con los sesenta metros de altura de su torre. Es una obra del siglo XVI, le explican, trazada por el más notable arquitecto de Toledo: Alonso de Covarrubias. No quiere dilatar más tiempo su ingreso en el que supone será magnífico templo. Su intuición no le engaña: al entrar por los pies de la nave principal, su mirada se pierde en un bosque de columnas con pilares fasciculados y bóvedas de nervaduras estrelladas, características del último gótico. El Viajero las conoce bien; para algo tienen que servirle tantos estudios de historia del arte.  No dejan de sorprenderle las capillas laterales, con sus rejerías platerescas. Pero algo le disgusta la capilla barroca del Cristo, del siglo XVIII: no puede impedir que le moleste la incursión de ese estilo no muy querido por él en el conjunto renacentista del templo.  En la cabecera del edificio el altar mayor lo atrae como un imán;  y es que sabe que alberga lienzos de gran tamaño de Luis Tristán, el que fuera el mejor alumno de Domenico Theotocopuli, más conocido como el Greco. En su contemplación pierde la noción del tiempo. Una reciente restauración –al menos eso es lo que él piensa- ha sacado a la luz los colores brillantes y las líneas que el autor dibujó. Las escenas de la vida de Cristo están contadas con un extremo realismo. Una voz hace volver a la realidad al visitante absorto en sus pensamientos: “La iglesia se cierra”.
Ya está otra vez el Viajero en las calles de Yepes. Está anocheciendo, pero no quiere renunciar a ver las puertas de la muralla que aún le restan: la de Toledo  o del Carmen, y la Puerta Nueva o de la Lechuguina. Es hora de partir, no sin antes hacerse un firme propósito: regresar a Yepes. Habrá que ver si la plaza ha quedado bonita después de las obras.

Fotos del autor,


martes, 10 de abril de 2012

Lo que es Cádiz...


Un intento de definición de esta maravillosa ciudad atlántica, enamorada del océano, que parece querer soltarse de la tierra y mecerse eternamente en la cuna de las olas.

Cádiz es una puesta de sol en la playa de la Caleta, íntima y recogida, viendo regresar las barquitas que los pescadores varan en la arena repletas de los frutos que han arrancado al océano; es una cena en una taberna del barrio de la Viña, barrio popular y dicharachero, en una animada noche de agosto. Cádiz es un paseo por la línea marítima de la playa de la Victoria, un baño en las agitadas aguas de Cortadura en día de poniente; es un caminar pausado por la Alameda de Apodaca, contemplando las olas que se estrellan contra los pétreos malecones; es un descanso en el parque Genovés, viendo volar las inquietas cotorras que lo pueblan y oyendo el rumor de sus fuentes.

Cádiz es una festiva noche de carnaval, cuando los gaditanos sacan a la calle todo su salero y su gracia; es una fiesta de comparsas en el Falla. Cádiz es flamenco en verano, en el baluarte de la Candelaria; es música en el castillo de Santa Catalina; arte encerrado en su fabuloso museo. Cádiz es historia, una historia dura y complicada sufrida por generaciones y generaciones de gaditanos que han visto sus calles asaltadas por piratas, holandeses o ingleses que la han arrasado muchas veces; es la villa de "la Pepa", nuestra primera constitución, la de 1812, la que no quiso luego respetar Fernando, el rey felón, traicionando a su pueblo.

Cádiz es una extensión breve de calles cuadriculadas que mueren en el mar -siempre el mar, el mar por los cuatro costados- salpicada de muchas plazas: la de la Mina, con sus centenarios ficus, que tiene el honor de albergar la casa natal de Falla; la cercana y recoleta de San Francisco, con sus animadas terrazas veraniegas; la de las Flores, salpicada de los aromas y colores de los puestos ambulantes; la de la Candelaria, con sus estiradas palmeras; la extensa plaza de San Antonio, de la que surge, señorial y elegante, la calle Ancha; la plaza de San Juan de Dios, abierta al puerto, que presume, orgullosa, de albergar el cabildo de la localidad; la cosmopolita, llena de turistas, de la catedral; la plaza de España, donde se levanta orgulloso, siempre con la llama encendida, el Monumento de las Cortes. Cádiz es disfrutar del paseo, sin apenas agobios de tráfico; es disfrutar de la vida en la calle.

Cádiz es cazón en adobo, carne mechada, chocos fritos, o en albóndigas, gambón, chipirones, morenas, atún, calamares, tortillitas de bacalao, ortiguillas, toritllitas de camarones, huevas "aliñás", cabrillas, ricas caballas... Cádiz es disfrutar de la buena gastronomía en tascas y freidurías populares a precios asequibles; es la alegría de poder comer fuera en todas las épocas del año. Cádiz es la tapa del mediodía, en las animadas calles aledañas de la plaza de la Mina; es el chocolate con churros del desayuno o a la hora de la tarde.

Cádiz es el pasado de las ruinas de su teatro romano, de su antigua fábrica de salazones, de su magnífico museo-excavación de la Casa del Obispo, de sus maravillosos templos, es el presente de sus gentes que día a día disfrutan de su ciudad y trabajan para asegurar su porvenir, y es el futuro de una ciudad moderna y abierta al mundo que organiza importantes actividades y congresos en su Antigua Fábrica de Tabacos, y que se engalana para los fastos de la conmemoración de los doscientos años de los acontecimientos del Oratorio de San Felipe Neri, improvisado parlamento donde vio la luz "la Pepa".

Cádiz es luz, Cádiz es sol, Cádiz es océano, Cádiz es vida. Cádiz es la sonrisa amable de un gaditano. Cádiz es, sencillamente, Cádiz.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Dulzuras otoñales de la Mancha


Algunos de los más tradicionales postres del otoño de la cocina manchega. ¡Buen provecho!

La llegada del otoño, además de la siembra, trae a las tierras manchegas el olor a mosto. La vendimia, que se realiza por estos lugares entre septiembre y octubre, siempre dependiendo de la climatología, llena de actividad los campos que recorriera el Caballero de la Triste Figura. No es poca cosa la vendimia manchega: estamos hablando de una de las mayores extensiones de viñedo del mundo. Pues como viñas hay muchas, y uvas también, no todo el producto se destina a la elaboración del riquísimo vino; también se utiliza un poco del mosto que se obtiene para endulzar los paladares de los sufridos vendimiadores que se desloman en el duro trabajo de la recolección.

El mostillo es un dulce que me ha fascinado desde pequeño. No se puede encontrar nada más que en el otoño, en la temporada de vendimia, y esto lo hace más apetecible y deseable: las cosas que podemos comer frecuentemente y se encuentran todo el año con facilidad, no nos saben tan bien como aquellas que esperamos con deseo porque sólo las tenemos en una temporada concreta. Pues eso pasa con el mostillo. Siempre me pregunté en mis años infantiles cómo era posible que el líquido zumo de la uva se convirtiera en ese rico producto sólido de un color encarnado oscuro intenso.

Para hacer un buen mostillo, es imprescindible tener mosto recién exprimido, cogido directamente en el momento de la prensa. El primer paso es hervir el zumo de la uva hasta que quede reducido a la mitad (hay que tener en cuenta que si se ponen a cocer dos litros, finalmente sólo quedará uno). A este proceso se le llama "aclarar el mosto". Después hay que dejarlo enfriar unas veinticuatro horas, con el objeto de que repose y todas las impurezas que contenga queden en el fondo del recipiente, y podamos retirarlas con facilidad. A continuación añadimos harina (aproximadamente 100 gramos por cada litro de mosto cocido) y lo pasamos por un colador. ¡Y otra vez al fuego! Pero esta vez, un fuego moderado y sin dejar ni un instante de remover con la paleta hasta que espese. Para comprobar si está bien cocido y espeso hay que poner una cucharada de mostillo caliente sobre un plato y dejar que se enfríe, y cuando esté frío ponerlo boca abajo: si no se despega, es que ya está listo. Entonces se retira del fuego, se añade la ralladura de un limón, canela molida y, con todas las fuerzas de que uno disponga, se darán vueltas al producto para que todo se mezcle bien. Seguidamente, y todavía en caliente, hay que repartirlo en platos, moldes o recipientes pequeños. Cuando se enfríe, quedará completamente sólido.

El otoño es también la época del membrillo. Cuando menciono esa palabra, todavía puedo oler, a pesar de que ya ha llovido mucho desde entonces, el aroma que desprendían los cajones de los armarios y las cómodas de la casa de mi abuela, que solía introducir aquí y allá los amarillos frutos. Me gustaría repetir esa costumbre hoy en mi hogar, pero no tengo membrillos a mano. Solamente queda un triste árbol en el corral de la casa de mi infancia, que resiste, con su tronco retorcido, añorando horas mejores en las que estaba rodeado de muchos compañeros, y que apenas da ya fruto por viejo... La carne de membrillo es un dulce que también se elabora en el otoño, cuando maduran los frutos. Una vez recolectados, hay que empezar escaldándolos para poder pelarlos bien (están cubiertos por una pelusilla que puede irritar las pieles más sensibles). Se les quita la cáscara y la parte central. En una cacerola colocaremos el membrillo, azúcar (la misma cantidad que de membrillo; es decir: un kilo de azúcar por cada kilo de membrillo), y un poco de agua y se deja cocer a fuego lento, removiéndolo constantemente, para evitar que el fondo se agarre. Cuando esté espeso y adquiera un tono dorado, haremos la misma prueba que con el membrillo, la de la cucharada en el plato: si no se despega, ya está en su punto. Luego se reparte en diversos recipientes y cuando se enfríe, ya se puede comer. Es muy fácil de elaborar, ¡y menuda cantidad de calorías que nos echamos para el cuerpo! El dulce de membrillo casero no tiene nada que ver con el que venden industrial. Y con queso, sabe a beso...

He dejado para el final un postre que combina los dos ingredientes estrella de los platos anteriores. Y es que para hacer arrope al estilo manchego -ya sé que en otros lugares lo hacen con calabaza- son necesarios: una manzana, una raja de melón, un membrillo y un litro de mosto ya cocido. Cuando estén limpias las frutas, las troceamos y las ponemos a hervir con el mosto a fuego lento. Las dejaremos cocer hasta que el producto tome la consistencia de un jarabe. Entonces, se retira del fuego y cuando este frío, ya se puede comer. Este postre está especialmente indicado para los que sean auténticos golosos -"galgos", decimos en mi tierra- porque resulta extremadamente dulce.

No he presentado aquí postres exquisitos o muy refinados. Se trata de postres sencillos, humildes, elaborados con productos que los hombres y mujeres del campo tienen a mano. Postres que han endulzado generación tras generación, la dura vida de personas que con el sudor de su frente han doblegado una tierra extrema y dura como la Mancha.

Foto del autor.

miércoles, 7 de marzo de 2012

"Follies" o la vida es un musical


Un musical ha tomado por dos meses el teatro Español de la madrileña plaza de Santa Ana. Follies, en su estreno en nuestro país dirigido por Mario Gas, nos lleva a atravesar una vez más la difusa frontera entre el mundo real y la ficción. ¿Es acaso otra cosa el teatro?

Santa Ana es una de las plazas más populares de Madrid. Cercana a la abigarrada Puerta del Sol, y situada a medio camino entre la bellísima plaza de Canalejas y la ruidosa de Benavente, se ha convertido hoy día en el centro neurálgico del turismo, sobre todo internacional, que visita la capital de España. Es la puerta de acceso al rebautizado no hace mucho como “Barrio de las Letras”, antes la zona de Huertas. En la década de los ochenta, durante los años de la universidad, era mi zona preferida para salir los sábados por la noche. No estaba tan limpia de coches, pero sí menos atiborrada de “guiris”. Un abigarrado mercado de artesanía ocupaba su parte central; recuerdo la tristeza que sentí cuando me enteré de la noticia de la prohibición del mismo a principios de los noventa. Muchas noches animadas pasé allí bajo la adusta mirada de Calderón de la Barca, inmortalizado en piedra en 1878 por el escultor gerundense Juan Figueras y Vila. Y vi colocar en ella en 1986 la estatua de Lorca, en actitud eterna de soltar una paloma, tal como lo imaginó Julio López Hernández. Ambos insignes escritores están circundados por numerosos restaurantes, cafeterías y bares de tapas, que inundan con sus terrazas el cuadrilátero, y que apenas dejan espacio para los paseantes. Entre ellos, el famoso Villa Rosa, con su característica decoración de azulejos en sus fachadas, utilizado como escenario por Almodóvar en su película Kika; la centenaria cafetería La Suiza, o la Cervecería Alemana, visitada en otros tiempos por el mismísmo Hemingway -¿dónde no estuvo este hombre?-. Orna el lado oeste de la plaza el Gran Hotel Reina Victoria, más bello antes que ahora, sin los neones que le ha colocado la cadena que lo adquirió hace un tiempo; el “hotel de los toreros”, donde gustaban alojarse cuando venían a los festejos de las Ventas.

Y mirando cara a cara a Calderón y Federico, orgulloso de haber llevado sus obras decenas de veces a sus tablas, se levanta en el lado opuesto el teatro Español. Puede presumir la sala de ser la única de Madrid que se alza en el mismo lugar que ocupara un antiguo corral de comedias del siglo XVI: Felipe II autorizó a la Cofradía de la Sagrada Pasión a erigir un espacio escénico en 1565, que con el paso del tiempo se conoció con los nombres de Corral del Príncipe y Corral de la Pacheca. Derribado en el siglo XVIII, se edificó en el solar un teatro “a la italiana”, que se incendió completamente a inicios del XIX, reedificándose de nuevo con planos de Villanueva. Poco tenemos hoy en día de la obra del arquitecto del Prado: numerosas reformas y fuegos, el último en 1975, lo convirtieron en lo que hoy conocemos, pasando definitivamente a propiedad del ayuntamiento de Madrid.

Entré, mezclado con el gentío que hacía creíble el cartel de que no había billetes para la representación de ese día, en el patio de butacas de la hermosa sala principal. Desde mi localidad alcé la vista hacia los cuatro pisos de palcos, rematados por el alto anfiteatro; me acordé de muchos lejanos días del espectador en los que me sentaba en las últimas filas del gallinero. Tiempos felices. Y aguardé el comienzo de la función.

Esa tarde iba a presenciar un musical, un tipo de espectáculo no muy habitual en la plaza de Santa Ana antes de que el actual director, Mario Gas, cogiera las riendas del teatro. Se trataba de Follies, obra del americano Stephen Sondheim, con libreto de James Goldman. Después de disfrutar en el mismo escenario con la producción de Sweeny Todd, la historia del barbero diabólico de la calle Fleet, también creación de Sondheim, llevada al cine por Tim Burton, y adaptada por Gas, creía que no me defraudaría esta nueva aventura. Era un montaje muy ambicioso y con un elenco de artistas nada desdeñable.

Se apagaron las luces y comenzaron a desfilar por el escenario los fantasmas de las coristas que actuaban treinta años atrás –el tiempo presente de la acción es 1971- en un teatro de revista que está a punto de ser demolido para construir un aparcamiento. Una historia muy frecuente en nuestros tiempos. Allí, Dimitri Weissmann, su dueño –el propio Mario Gas interpreta a este personaje- ha citado a todos los artistas que habían actuado en él a lo largo de tres décadas en las que se habían montado cientos de “follies”, espectáculos de variedades muy populares en Nueva York hasta la segunda guerra mundial. Van llegando los invitados y, embargados por los recuerdos, en un nostálgico flash-back, comienzan a rememoran lo que fueron sus años de juventud. Y entonces, entre vidas conformistas y acomodadas o sensaciones de haber dejado algún fleco pendiente, se dejan seducir por la tentación de querer enmendar los errores cometidos en el pasado.

Las protagonistas de estos recuerdos son las chicas Weissmann, bellezas hoy ajadas, que derrocharon glamour en tantas y tantas noches gloriosas. Unas han optado por no despertar del sueño y seguir viviendo como si esos tiempos no hubieran pasado; otras han envejecido dignamente y se conforman con mantener viva la memoria; algunas tienen aún la ilusión de ser felices... La historia personal de cada una está perfectamente perfilada por el texto de Goldman, muy bien traducido por Roser Batalla y Roger Peña. Y todo trufado con bellísimos números musicales –Aquel tren que pasó, La chica perfecta, Loveland...- al más puro estilo Broadway, donde estos días también se representa la función. La orquesta Manuel Gas, dirigida por Pladellorens, acompañaba las voces de unos actores que, sin haber cantado muchos de ellos nunca en escena, afrontaban sus números con gran soltura; se notaba el arduo trabajo de producción y los muchos ensayos que llevaban encima. Los arropaba un bien coordinado cuerpo de bailarines.

Todos magníficos, todos perfectamente en su papel, pero destacaría la actuación de la incombustible Massiel, felizmente recuperada para las tablas, que borda el papel de Carlota Campion, una vampiresa que presume de utilizar a los hombres como si fueran pañuelos desechables y que quiere aprovechar intensamente la existencia. Un rol hecho exactamente a la medida de la actriz-cantante; se diría que Sondheim y Goldman lo hubiesen creado expresamente para ella. Cuando terminó de cantar su número, Aquí estoy, toda una declaración de amor por la vida, del público surgió de forma espontánea una gran ovación. La misma que acompañó el solo de la entrañable Asunción Balaguer, que con más de ochenta años, cantó y bailó y ejecutó su papel de Hattie Walter con gran profesionalidad y simpatía. ¡Qué vitalidad la de esta señora!

Pero sería injusto no hacer una mención en esta crónica del cuarteto protagonista de la trama. Su historia frustrada de amor y desamor, que comenzó tres décadas atrás, es el hilo conductor de la obra. Y además son los encargados de cerrarla con una gran apoteosis final, que sorprende al espectador cuando cree que la función va a concluir. En ella, en varios números musicales antológicos que resumen lo mejor de las revistas de variedades –escalera luminosa incluida- desgranan sus deseos, esperanzas e ilusiones que no se van a cumplir, ni siquiera treinta años después, por ese terrible conformismo en el que más o menos caemos la mayor parte de los mortales. Carlos Hipólito, gran revelación del espectáculo por su bello timbre de voz, en el papel de Benjamin Stone, un hombre que nunca podrá ser feliz porque nunca ha encontrado el amor; su mujer, Phyllis, encarnada por la versátil Vicky Peña, que ya hace mucho que ha desistido de tratar de que su marido la quiera; la idealista Sally Durand, toda la vida enamorada del hombre que se casó con su mejor amiga, revivida por Muntsa Rius, gran voz; y el Buddy Plummer de Pep Molina, unido a Sally, pero de la que nunca obtendrá su corazón. Todo un auténtico póquer de ases. Su tragedia personal es presentada al espectador con la técnica del salto atrás temporal: cuatro actores jóvenes desgranan las ilusiones de las dos parejas en el pasado; hasta que llega el momento en que las historias de los dos grupos se entremezclan y cada uno de ellos se enfrenta y dialoga con el que fue treinta años atrás.

“That´s entertaiment!, espectáculo puro. Tres horas de diversión que nos hacen olvidar, oyendo las pegadizas canciones, y viendo moverse con destreza al cuerpo de ballet, unos problemas que traspasamos a esos seres de ficción que se mueven detrás de la cuarta pared del escenario. Y es que, en definitiva, la vida es, o mejor dicho, debería ser, un musical. ¿O no suenan mejor las cosas cuando se dicen cantando?

Fuente foto cartel: www teatroespanol.es

viernes, 2 de marzo de 2012

Azul, azul intenso, blanco y gris


El Viajero se adentra en el valle de sus sueños y sus recuerdos, el valle de Alcudia, en los límites de la Mancha y Andalucía, y contempla sus inmensidades y sus bellos cielos.

Enderezó por una senda que se abría tras una reja canadiense. Ante él se presentó la inmensidad del valle: esa gran extensión en el límite de la Mancha y Andalucía, moteada en otros tiempos de ventas que servían de descanso al caminante. Recordó en ese momento el comienzo de Rinconete y Cortadillo y se preguntó dónde estaría la famosa venta del Molinillo en la que se conocieron los pícaros cervantinos. Y es que el Valle de Alcudia fue un lugar de mucho trasiego en otros tiempos: lo atravesaba el Camino Real, único paso en los Siglos de Oro para las tierras del sur. Ahora, mucho más tranquilo que en esas épocas doradas, aparecía a los ojos del Viajero como si durmiera la siesta. Sólo unos cuantos rebaños de ovejas, pacían en la lejanía, aprovechando las briznas de hierba que las pocas lluvias de ese seco otoño habían hecho brotar.

Miró hacia el cielo. Sus ojos se llenaron de azul, un azul intenso, inmaculado, apenas manchado por algún que otro jirón de nubes caprichosas que jugaban en el horizonte con las alturas de Sierra Madrona. Había llegado, tras un breve paseo, a un retamar que ocupaba una pequeña meseta bordeada por un riachuelo que estaba pidiendo a gritos aguas a un avaro cielo que se resistía a soltar su tesoro. Tampoco parecía que ese día fuera a llover: el pequeño regato prolongaría su agonía. El Viajero contempló las retamas: eran casi árboles; sus troncos leñosos se retorcían alcanzando una altura de más de dos metros. Le pareció un lugar agradable para descansar.


Se detuvo, y sentado se abandonó a la tarea de escuchar el sonido de las pocas aguas que el arroyo llevaba; se sentía bien. Súbitamente llegaron balidos lejanos y los gritos de un pastor que trataba de impedir que su grey se dispersara. Otra vez ese azul, un azul infinito... No pudo resistir la presión de tanto azul en sus pupilas y tuvo que cerrar los ojos. No supo cuánto tiempo se mantuvo así. No veía nada, pero hasta sus oídos llegaron los trinos de alguna ave que se posó en la retama que le daba sombra -¿tal vez algún petirrojo, o sería un humilde vencejo?; el agua seguía su discurrir monótono, también le llegó el zumbido de un abejorro que buscaba flores que libar, escasas en aquella zona... Hasta su olfato se acercaban efluvios de romero y cantueso.

No pudo estar más tiempo privado del sentido de la vista y entreabrió los parpados. Tras recuperarse de la ceguera momentánea que le provocó la luz, se percató de que el cielo había dejado de ser tan azul. Los blancos y los grises de las nubes habían ganado terreno y estaban ocultando por momentos al sol. Eran nubes caprichosas, de formas muy variadas. Se acordó de aquellos años de infancia cuando, tumbado en la manta de campo que llevaban en sus salidas de domingo, jugaba con sus padres a adivinar qué forma tenían las nubes: "Mira, ¡un avión!, ¡esa parece un águila!, ¡aquella es una palmera...!". Quiso volver a jugar, y descubrió en la bóveda celeste mil y una formas curiosas que intentó captar con su máquina fotográfica.

Cuando la tarde empezó a caer, pensó en regresar. Antes de abandonar definitivamente el lugar, quiso despedirse de esas nubes que lo habían hecho volver a tiempos pretéritos más felices e inocentes. En el lejano horizonte, creyó descubrir la sonrisa de un formidable cúmulonimbo que le decía adiós.

Fotos del autor.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Yo, también, quiero ser llorando el hortelano


Sentido y mínimo homenaje al gran poeta oriolano, Miguel Hernández, escrito en el año de su centenario.

Ha amanecido un sábado gris. Contemplo caer la lluvia con monotonía tras los cristales de la ventana de mi escritorio. Miro el calendario: es 30 de octubre de 2010, Miguel Hernández Gilabert hubiera cumplido hoy cien años. Miguel, el poeta, el sufridor, el luchador, el revolucionario, no llegó a cumplir los treinta y dos. En la triste enfermería de la prisión de Alicante, dejó de existir la madrugada del 28 de marzo de 1942, cuando la primavera volvía a "pajarear por los altos andamios de las flores". Su muerte y su entierro fueron muy tristes. No podría cantar nunca más el poeta pastor al mes de mayo, ese que alegraba su alma juvenil cuando traía “correhuelas y albahacas / a la entrada de la aldea / y al umbral de las ventanas".

Habían pasado algo más de treinta y un años desde que el niño Miguel vio la luz en la localidad alicantina de Orihuela en el seno de una familia acomodada: su padre era tratante de ganado. Sus primeros estudios los hizo en las escuelas del Ave María; allí conoció a alguien que marcará su vida de forma decisiva: su gran amigo José Ramón Marín Gutiérrez, más conocido como Ramón Sijé, "con quien tanto quería", y a quien dedicará su poema, quizás, más célebre: su sentida Elegía. Nos han contado siempre en el colegio que Miguel Hernández fue autodidacta, que no pudo estudiar por la oposición de su padre, y que fue obligado por el mismo a atender su ganado. Todos nos forjamos en nuestra imaginación infantil la imagen del jovencísimo aspirante a poeta, recostado en el tronco de una encina, leyendo y aprendiendo por su cuenta, mientras vigilaba a sus cabritas. Algo de verdad hay en esto: su padre lo sacó del colegio por necesidades del negocio, pero Miguel tenía ya quince años cuando abandonó la escuela, y había recibido una buena formación básica. Comenzó a leer con avidez todo lo que caía en sus manos. Ya por aquel entonces escribió sus primeros versos y participó en la vida cultural de su localidad.

Pero su patria chica era un límite muy estrecho para su ambición. El dos de diciembre de 1931, cuando tenía veintiún años, llega el joven aspirante a poeta a la estación de Atocha, ligero de equipaje material, pero cargado de ese otro pesado fardo que suponen las ilusiones y los sueños por cumplir. Volvió desencantado a su pueblo. Tuvo que realizar un nuevo viaje en 1934, este ya definitivo, porque por fin va a adentrarse en el ambiente literario de la capital republicana. Ya tenía cierta fama de poeta novel: había publicado en 1933 las octavas reales de su Perito en lunas ("¡Lunas! Como gobiernas, como bronces, / siempre en mudanza, siempre dando vueltas. / Cuando me voy a la vereda, entonces / las veo desfilar, libres, esbeltas), ese prodigioso alarde gongorino. En Madrid participará en las Misiones Pedagógicas, y conoce a su mentor: Pablo Neruda, y a los poetas del 27 Vicente Aleixandre y Federico García Lorca. Pero el exquisito autor del Romancero Gitano, no sentía mucha simpatía por el "palurdo" poeta de Orihuela: cuentan que llegó a dar órdenes expresas de que no le dejaran entrar a los actos y reuniones a las que él acudía, porque sentía alergia a los rústicos que no cuidaban su aspecto físico y su indumentaria; no soportaba sus pantalones de pana. ¡Siempre genial y diferente Lorca! En 1935 muere su amigo Ramón Sijé, y publica su Elegía ("Yo quiero ser llorando el hortelano / de la tierra que ocupas y estercolas, compañero del alma, tan temprano.)

Y finalmente la guerra, la terrible y desgraciada Guerra Civil. Todas las guerras son tristes. Pero, ¿hay alguna guerra más triste y más contraria a natura que una guerra intestina, una guerra entre hermanos? Miguel lucha en el bando republicano; y no solo con las armas, también con la palabra: "Para la libertad sangro, lucho, pervivo. / Para la libertad, mis ojos y mis manos,/ como un árbol carnal, generoso y cautivo, / doy a los cirujanos". El rayo que no cesa, Viento del pueblo ("Vientos del pueblo me llevan, / vientos del pueblo me arrastran, / me esparcen el corazón / y me aventan la garganta."), Teatro en la guerra... tratan de sembrar en las almas de los "hombres jornaleros" el ánimo y la esperanza en el triunfo. En la guerra se casa, por fin, con su gran amor: Josefina Manresa, y también llega el nacimiento y la muerte de su primer hijo: Manuel Miguel, contrarrestada por la alegría del nacimiento del segundo, a quien la pareja decide ponerle el mismo nombre, y a quien, desde la cárcel, dedica sus Nanas de la cebolla.

La guerra termina. Un intento de huída a Portugal, detención, prisión en Huelva, Sevilla, Madrid y condena a muerte. En su encierro madrileño de Torrijos, donde recibe la condena, coincide con Buero Vallejo. Conocedor de las dotes pictóricas del que después será el más importante dramaturgo del siglo XX español, y temeroso de que su hijo, al que llevaba sin ver mucho tiempo, no le reconociera, le pide al amigo que le haga un retrato, para enviárselo. La cabeza dibujada a lápiz, que figura como ilustración de este escrito, se ha convertido en el icono más célebre de nuestro poeta. Se la envió a Josefina con esta nota, que transcribo por lo que tiene de tierna y emotiva: "No quiero dejar de cumplir en lo que pueda mi palabra, y ya que no puedo ir de carne y hueso, iré de lápiz, o sea, dibujado por un compañero de fatigas, como verás, bastante bien. Se lo enseñarás al niño todos los días, para que vaya conociéndome, y así no me extrañará cuando me vea".

La pena de muerte es finalmente conmutada por la de 30 años de encierro. Tras pasar por los centros penitenciales de Palencia y Ocaña -¡cuánto trasiego para la débil salud de Miguel!-, llega el traslado a Alicante. Su grave afección pulmonar complicada con tuberculosis le lleva a solicitar a la dirección de la prisión su traslado al Sanatorio de Tuberculosos de Porta Coeli en Valencia. ¡Cuánta ruindad llenaría el pecho de los vencedores que chantajearon al enfermo: si quería ser trasladado, debería firmar un documento en el que prohibía la edición de su Viento del pueblo en España y los países de habla hispana! Podemos imaginar cuál fue su respuesta. Su muerte fue triste y su entierro también: sólo cinco personas acompañaron su féretro. Pero en ese sábado de pasión de 1942, Miguel Hernández nació de nuevo para vivir a partir de entonces una vida eterna y universal.

Mi primer contacto con la obra de Miguel fue muy temprano. Tendría yo unos ocho o diez años. En casa de mis tíos, junto con otros discos famosísimos de la época: Mocedades, Paco de Lucía, Alberto Cortez, Cecilia, Mari Trini, Nino Bravo... descubrí uno que, no sé por qué, me llamó más la atención que los otros. Quizás reminiscencias de algún poema leído en clase, en aquel famoso libro de lectura de la editorial Santillana: Senda, que tal vez alguno de los que lean este artículo conozcan, despertó mi curiosidad infantil, cuando vi escrito en la funda el nombre de Miguel Hernández. Se trataba de esas versiones musicadas maravillosas que hizo Serrat de los poemas del alicantino. Lo oía y lo oía hasta la saciedad. Como yo no tenía en casa tocadiscos, lo grabé en una cinta de cassette, de esas que girábamos con el boli bic cuando se atrancaban o queríamos rebobinarlas manualmente. De estas canciones, todavía con las notas del cantautor catalán dando vueltas en mi cabecita, pasé al papel impreso. Comencé entonces a leer los versos de Miguel, y no he dejado de recurrir a ellos en diversos momentos y episodios de mi vida.

Es por eso que esta mañana de sábado gris, cuando me han recordado los medios de comunicación que Miguel podría haber cumplido hoy los cien años, he querido sumarme con este humildísimo, modesto, homenaje, a todos los actos institucionales y de particulares que quieren rememorar su figura. Yo también lloro hoy la muerte del amigo, y riego, como el hortelano, su tierra con mis lágrimas, y lo convoco "a las aladas almas de las rosas / del almendro de nata", para hablar de muchas, muchísimas cosas, "compañero del alma, compañero".

jueves, 23 de febrero de 2012

Si un tiempo fuertes, ya desmoronados

Paseo por los restos de un pasado glorioso: conventos, iglesias y casonas nobles que aún guardan, orgullosos, muestras de esplendores hoy ya lejanos.

El Viajero llega a Huete casi por casualidad. Ha oído hablar de esta pequeña población de apenas dos mil habitantes, emplazada en la Alcarria de Cuenca, y este soleado domingo de finales de octubre, aún desviándose bastante de su ruta, decide visitarla. El entramado de nuevas autovías nacionales y autonómicas facilita su llegada. "A este paso, no van a dejar un palmo de campo", piensa mientras se alegra de circular ya por carreteras secundarias bordeadas de campos de girasoles que, tristes y ajados, se preparan a recibir el invierno, después de haber sido despreciados por sus sembradores. Aquí y allá salpican el paisaje unos pocos chopos que anuncian la presencia de un riachuelo cercano. Tras un pronunciado cambio de rasante comienzan a verse las primeras casas.

Aparca el coche a la entrada del pueblo. No gusta el Viajero de entrar en los lugares que visita hasta el mismo centro con su vehículo. Prefiere el placer de recibir la primera impresión a pie. Y en esta ocasión, la primera mirada al lugar que está ansioso por descubrir, le ha defraudado. Unas calles con naves construidas para guardar aperos de labranza o materiales de construcción, casas con fachadas decoradas de la manera más variopinta, mezclando materiales tan diversos como el cemento, los azulejos o las plaquetas de terrazo, algunas a medio derruir, solares en los que se hacinan los escombros lo reciben. ¿Había sido buena idea desviarse hasta allí? Pero como no es persona que se conforme con impresiones primerizas, continúa su caminar.

Una pequeña plaza en la que se alinean unos cuantos cipreses, sirve al caminante para reconciliarse con su destino. Se ha topado con la iglesia de Santo Domingo, lo que queda de un convento desamortizado por Mendizábal. El ministro de la regente María Cristina hizo mucho daño en esta localidad. Se aproxima hasta su portada renacentista e intenta abrirla para acceder a su interior. Está cerrada. Después se entera de que la iglesia está en venta. Fue adquirida hace unos años por un vecino que pensaba convertirla en una sala de fiestas a una familia de Huete que la había ido heredando de generación en generación después de la desamortización. La iglesia, que hoy se utiliza por algunos vecinos como garaje de maquinaria agrícola, pide a gritos una restauración. Desde esta plaza se divisa lo que queda de un castillo que vigila desde un cerro cercano la vida cotidiana de los optenses.

Sigue su deambular y se topa el viajero con otro convento: el de los Mercedarios. Este ha tenido más suerte que su vecino de Santo Domingo. Se conserva su iglesia que, milagrosamente, sobrevivió a desamortizaciones y guerras -la civil hizo mucho daño aquí- y hoy todavía conserva el culto. Allí tienen su sede los "juanistas". Y es que debe saber el lector que en Huete hay dos bandos que dividen al pueblo: los "juanistas", habitantes del barrio de San Juan, y los "quiterios", del distrito de santa Quiteria. Celebran sus fiestas por separado, y llega a tanto la rivalidad que, incluso, no son bien vistos los matrimonios mixtos entre los pertenecientes a diferentes facciones. La sencilla portada principal de la iglesia se enmarca en la fachada del edificio que sobrecoge por sus más de cien ventanas, todas ellas con sus correspondientes rejas, forjadas a mano en yunques de artesanos de antaño; tarea hoy imposible de repetir. Orgulloso, el funcionario que guarda la puerta de acceso recuerda que en ese convento, en sus mejores días, hubo más de trescientos frailes. No deja nuestro paseante de deambular por las salas que aún quedan en pie del edificio, muy restauradas, eso sí. Hoy en día albergan un salón de actos, situado en el antiguo refectorio, salas de exposiciones y dos museos: el de Arte Contemporáneo y el de Etnografía, que no son nada despreciables, y de los que está orgullosa la pequeña localidad. La escalera barroca, transformada en el XVIII, de acceso a la planta principal, ha sido perfectamente restaurada y, gracias a ella, puede el visitante hacerse una idea de la riqueza de este lugar en sus tiempos dorados.

Las casas solariegas, que aún conservan sus escudos heráldicos, se suceden mezcladas con las construcciones modernas de evidente peor gusto. No puede imaginarse el que lea estas palabras que Huete es un pueblo como Santillana del Mar o Almagro, donde no hay un edificio que desentone del conjunto general. Huete es una villa que ha sufrido una terrible decadencia en los siglos XIX y XX, y en la que se ha cebado la emigración de los cincuenta, sesenta y setenta. Ha sido en los últimos años cuando los optenses han visto restaurar y conservar su patrimonio, pero aún queda mucho por hacer. Con estas reflexiones, el Viajero pasa delante de las casas de los Amoraga, los Salcedo, los Montalbo, los condes de Garcinarro... y otros apellidos ilustres que dieron brillo a este pueblo de la Alcarria en otros siglos, y llega a la torre del Reloj, anexa a una de los pocas puertas que quedan de la muralla. Allí un anciano, uno de estos ancianos que dormitan al sol en los bancos de tantas plazas de tantos pueblos castellanos, entabla conversación con él, y le cuenta la historia de la vecina del pueblo que ascendía a diario durante más de cincuenta años hasta la maquinaria del reloj para darle cuerda manualmente. No lo hacía de forma altruísta: le pagaban una peseta por subida. Agradecido, abandona el Viajero a su amable anfitrión y decide tomar una empinada calle para llegar a una ruinas góticas: el ábside de la desaparecida iglesia de Santa María de Atienza, una de las diez parroquias con las que Huete contó en tiempos gloriosos. Tiene algo de romántico, y
se deleita con la contemplación de estas piedras, dignas de ambientar alguna escena de El trovador o Lucía de Lammermoor o de inspirar alguna leyenda del sevillano Bécquer. Vuelve súbitamente a su siglo XXI, siglo de prisas y de estrés y, cuando mira el reloj, se da cuenta de que ha de correr si no quiere encontrar cerrado el último y más importante monumento de ese rincón conquense: el convento -¡otro!- de Justinianas de Jesús y María.

El Cristo, como llaman los optenses a su convento más querido, es un edificio que hoy está en proceso de restauración y que tiene dos portadas: una gótica, y otra más nueva del siglo XVI en la que, entre varias virtudes teologales, puede contemplarse la Adoración de los Magos. Fue un convento fundado por don Marcos de Parada, canónigo de la catedral de Cuenca, que tenían por aquellos años muchos poderes tales canónigos, y tampoco se escapó de la desamortización de nuestro amigo Mendizábal. Su estado ha sido ruinoso hasta hace muy poco. La portada que alberga el altorrelieve de la Adoración se atribuye nada menos que a Andrés de Vandelvira. No puede evitar trasladarse con la imaginación el Viajero a las lejanas tierras de Úbeda, donde este arquitecto-escultor dejó su impronta en la impresionante iglesia del Salvador, amén de su colaboración en la catedral jienense. La iglesia no puede visitarla, pero sí pasea bajo las arcadas de medio punto de su espectacular claustro cuadrado, con su fuentecilla y su pozo, y admira su inusual y curiosa torre campanario triangular.

El sol ya está muy alto. El caminante dirige sus pasos, ya cansados, hacia su vehículo. Ha añadido a su agenda de lugares entrañables ese modesto pueblecito de la Alcarria de Cuenca. Ahora, mientras se abrocha el cinturón de seguridad, le viene a la mente el célébre soneto de Quevedo y desea fervientemente que los muros de Huete, "si un tiempo fuertes, ya desmoronados", recobren sus esplendores pasados.

Fotos del autor

domingo, 12 de febrero de 2012

Impresiones otoñales de un Viajero en Madrid



Madrid en una mágica estación: el otoño. Y un lugar no menos mágico: el parque del Retiro.

Se había convertido en una costumbre. Cuando el otoño comenzaba a dorar las hojas de los árboles y los días se hacían más cortos y frescos, el Viajero reservaba en su apretada agenda de fin de semana unas horas para pasear por el Retiro. Ese año no iba a ser menos. Era domingo, no sería una mañana tranquila en el parque madrileño, pero eso no le hizo cambiar de idea; a veces, la multitud ofrecía estampas que no podían encontrarse en solitarias mañanas de diario. Hacia el parque encaminó sus pasos.

Había amanecido una mañana radiante. El día anterior no había parado de llover: lo poco que el Viajero pudo circular por las siempre atiborradas calles céntricas de la ciudad, lo hizo con los pies empapados, pisando charcos y cruzando travesías por las que el agua bajaba como un río desbordado. Por eso se alegró al salir a la calle y sentir en su rostro el calor del sol otoñal. Se dirigió hacia el metro. Pero cuando estaba a punto de comprar el billete decidió caminar: no era cuestión de desperdiciar ningún momento de esa mañana tan bella transitando bajo tierra como los topos. Se acercaría a su destino a pie.

Ese día entró al parque por una zona que no conocía y se encontró con una estampa romántica que le conmovió: muy cerca de la agitada calle O´Donnel, lo saludaron las ruinas románicas de la iglesia de San Isidoro. ¡Más de un siglo colocadas en ese lugar y el viajero nunca las había visto o, al menos, no lo recordaba! El Retiro siempre reservaba alguna sorpresa. La hiedra crecía por los pocos arcos abocinados que quedaban en pie. Y a través de ellos, podían verse los edificios nuevos. ¡Extraña fusión entre tradición y modernidad!- pensó. Frente a estas ruinas, un palacete situado en el centro de un pequeño lago, reflejaba su imagen en las límpidas aguas.

Abandonando este lugar que se le antojó mágico, se adentró por calles bordeadas de setos. Pisaba las primeras hojas amarillas de los castaños de indias y muchos de sus frutos: castañas que, hacía muchos años, lleno de curiosidad había probado, y que le dejaron en la boca un sabor entre ácido y amargo que no pudo quitarse en todo el día. Sonrió al recordar la cara de susto de su madre cuando lo vio meterse en la boca la castaña. "¡Niño, ¿qué haces?, que te vas a envenenar..." No se envenenó ese niño que hoy, muchos años después, sintió de nuevo deseos de volver a morder las bayas que ahora pisaba, pero no se atrevió por ese gusto extraño que no quería volver a sentir. Sus ojos se llenaron de amarillos y ocres que, combinados con los verdes de la hierba todavía mojada por la lluvia del día anterior, formaban una estampa digna de ser inmortalizada por el mejor de los pintores impresionistas. Respiró hondo, se sentó unos minutos en un banco, y dio rienda suelta a sus ensoñaciones.

Se decidió a reemprender la marcha. Súbitamente se vio envuelto en el bullicio de la multitud que se agolpaba en las orillas del estanque. Accedió a él por la parte trasera del monumento a Alfonso XII. En sus escalinatas, grupos de jóvenes charlaban animadamente. Muchos turistas no paraban de hacer fotos. No los censuró: era uno de los rincones más fotogénicos de Madrid. Se acercó a uno de los imponentes leones y tocó el bronce verdoso: "Buena idea fue la de sustituir los originales por estos más resistentes", pensó entonces. Se apoyó en la barandilla metálica y pasó largos minutos contemplando las barcas de las que salían conversaciones animadas. Decidió avanzar.

Tras bordear la masa de agua, se mezcló con la abigarrada multitud que, en el Salón del Estanque, se arremolinaba en grupos que contemplaban el espectáculo de un mago callejero, se sorprendían ante la vista de una originalísima escultura humana, o se dejaban retratar por artistas que exhibían en sus puestos imágenes de actores y políticos famosos. Se detuvo un momento a contemplar las caras felices de un grupo de niños que, absortos, contemplaban un teatrillo de títeres. Después descendió hasta el Palacio de Cristal, dejando a un lado la Casa de Vacas. A pesar de que todas las orillas del pequeño lago estaban llenas, logró hacerse un hueco y disfrutar con las evoluciones de los patos y cisnes negros que se disputaban los pedazos de pan que los visitantes les arrojaban. Como cuando era niño, los árboles cuyo nombre no sabía, y que surgían esbeltos de las aguas del lago, le parecieron salidos de un cuento de hadas. Entonces optó por retirarse hacia zonas del parque más tranquilas y anduvo mucho tiempo inmerso en esos colores irreales que solamente el Retiro de Madrid tiene en otoño. Únicamente alguna ardilla despistada que se cruzó en su camino lo sacó de sus cavilaciones.

El sol ya estaba muy alto. El viajero desembocó, casi por azar, en la puerta de Felipe IV. Sus pasos se encaminaron hacia el bullicio de calles menos verdes y arboladas que las que había recorrido hasta ahora. Había cumplido su particular ritual: otra vez había vivido el otoño del Retiro.


Fotos del autor.

lunes, 6 de febrero de 2012

Agosto en el invierno madrileño




Uno de los barrios más castizos de Madrid: el de Lavapiés. Una sala: la del moderno teatro Valle-Inclán, segunda sede del Centro Dramático Nacional. Un espectáculo: Agosto (Condado de Osage). Y un espectador, el Viajero, dispuesto a dejarse hechizar durante casi cuatro horas por los problemas, nada triviales, de la familia Weston.

Siempre me ha gustado mucho el barrio de Lavapiés. Ya en mi época de estudiante en la universidad –entonces los de provincias teníamos que trasladarnos a la capital para poder realizar nuestras carreras- paseaba por allí con cierta frecuencia. Tenía unos amigos que vivían muy cerca, en Antón Martín, y cuando los visitaba, siempre completábamos la tarde o la mañana tomando unos vermús o unos vinos en alguna de las abigarradas tabernas que todavía anunciaban en grandes carteles la venta de vino de Valdepeñas. Muchas veces he entrado a comprar en el entonces Simago de la plaza. Y cuando se hacía un poco tarde y tenía que deambular por alguna de sus calles un poco solitaria, lo hacía con cierto temor; no tenía el barrio muy buena fama, y yo era un jovenzuelo, un poco pardillo, recién llegado de la Mancha.

No era entonces Lavapiés ese crisol de razas en que se ha convertido hoy. El barrio estaba bastante deteriorado y la mayor parte de su población era española, madrileños castizos y emigrantes venidos de todos los lugares de la península. Por eso, cuando esa tarde de viernes me adentré en este pedazo de Madrid, al contemplar los restaurantes y las tiendas indias, chinas, afganas, turcas… no pude evitar sentir cierta añoranza por el otro Lavapiés que yo conocí hace más de veinte años, casi treinta ya. Pero bajando por la calle del Ave María, a mi entender unas de las más bellas de la ciudad, con sus bonitos edificios recién pintados, tan animada siempre a cualquier hora, pensé que algo había ganado el barrio: ahora las autoridades municipales parecían preocuparse mucho más por él; ahora estaba más guapo. Y en estos pensamientos me topé con la gran plaza donde se asienta el moderno Valle-Inclán, ocupando el solar del desaparecido teatro Olimpia. El gentío que ocupaba sus aledaños era una prueba manifiesta del gran interés que había levantado la producción a la que iba a asistir. Las entradas se habían agotado para todas las representaciones.

Ocupé mi localidad, con esa emoción que se siente cuando la función está a punto de comenzar. Mis expectativas eran muchas; había oído hablar sobre el espectáculo en radios y televisiones, y leído numerosos reportajes en la prensa. El norteamericano Tracy Letts, había obtenido con su Agosto (Condado de Osage), nada menos que el premio Pulitzer en el año 2008 y un sonadísimo éxito en Broadway. La versión española estaba a cargo del poeta Luis García Montero. Y el director era Gerardo Vera. Con esos mimbres, no esperaba que la representación me defraudase, pero uno ya está muy escamado, y ha visto muchas obras de autores jóvenes y modernos de las que a veces ha tenido que salirse. Por eso aguardaba el inicio de la función con cierta cautela.

Subió el telón y se hizo visible el decorado: una gran casa de dos plantas y buhardilla abierta por su frente, a modo de enorme casa de muñecas, para que el espectador pudiera observar todo lo que sucedía en su interior. El salón, el comedor, la cocina, el estudio y los dormitorios del piso superior iban a ser el escenario en que se desarrollaría el drama de la familia Weston: el padre, Beverly, desaparece al principio de la trama. La madre, Violet, trata de buscar consuelo en sus tres hijas, que se reúnen, después de mucho tiempo, junto con sus familias, en la mansión paterna. Allí también se encuentran la hermana de la señora Weston, su hijo y su marido. Y el dramatis personae lo completa Johnna, una india osage, perteneciente a la tribu que ocupaba esos campos de Oklahoma antes de que llegaran los blancos, y que fue contratada como ama de llaves por el señor Weston antes de desaparecer. Y todo este variopinto grupo se encierra en esa olla a presión que es la casa, caldeada por el sofocante calor del agosto de la inmensa llanura central norteamericana; un calor que altera los nervios de los protagonistas, que a veces les impide respirar, y que se convierte en leitmotiv del drama.

El texto es ágil y, a pesar de su extensión, no aburre al espectador, que se mete en la trama sin ninguna dificultad. El lenguaje, muy bronco en ocasiones, puede llegar a ofender a los oídos más delicados; pero no creo que en el mundo en que vivimos, nadie se espante por escuchar ciertos exabruptos. El gran García Montero, lo ha adaptado a nuestra idiosincrasia y a nuestra sociedad. Tracy Letts nos hace reír, enfadarnos, llorar, sentir vergüenza, deprimirnos, al mismo tiempo que sus personajes; aunque la historia es un auténtico drama -¡pobre familia!- en muchos momentos de la acción consigue que nos riamos a carcajada limpia. En definitiva, consigue perfectamente la catarsis o purificación que los griegos perseguían en sus tragedias. Creo que todos los que estábamos allí salimos, después de haber visto tanta miseria humana, convencidos de que teníamos que mejorar en la medida de lo posible nuestras vidas.

La estrella del espectáculo fue, como lo corroboró la gran ovación con la que le regaló el público puesto en pie cuando salió a saludar, Amparo Baró. A sus setenta y cinco años encarnó perfectamente el rol de esa madre fuerte, autoritaria, adicta a los medicamentos y aquejada de grandes dolores por padecer un cáncer de boca. Había que subir y bajar muchas veces las escaleras que unían su habitación con las zonas comunes de la vivienda, y ella lo hacía con la soltura de una jovenzuela. A modo de una Bernarda Alba americana, mantenía a toda su progenie a raya, a pesar de sus muchas limitaciones físicas y mentales. Carmen Machi era Bárbara, la hija mayor, que logra hacerse aparentemente con el control en los momentos de más tensión; a pesar de sus muchos problemas y un inminente divorcio, trata de imponer cordura a sus hermanas: Karen –Clara Sanchís-, frívola, con varios fracasos amorosos a sus espaldas y que va a caer de forma irremisible en otro, e Ivy –Alicia Borrachero-, la solterona de la familia que finalmente acaba enamorándose de la persona equivocada. Es de destacar el papel de la jovencísima Irene Escolar que, sin caer en los convencionalismos típicos de Al salir de clase que tanto afean el trabajo de sus compañeros de generación, borda el personaje de Jean, Lolita de catorce años, hija de Bárbara, aficionada al cine y a la marihuana.

La pieza es una crítica feroz al american way of life, a ese modo de vida americano que nos tratan de vender los políticos más rancios y las películas de Doris Day. No deja títere con cabeza: el racismo, el abuso de menores, la drogadicción, la corrupción… son temas que desfilan por esa solitaria casa situada muy cerca de una reserva india. El personaje de Beverly, el patriarca de la familia que desaparece al iniciarse la obra, interpretado por Markos Marín, lo resume muy bien en una frase antológica: “Este país siempre ha sido una casa de putas, pero al menos conservábamos la esperanza. Hoy se ha convertido en un tugurio de mierda”.

No hay nada políticamente correcto en la escena. Los personajes beben y fuman constantemente –eso sí, como se nos aclara en el programa de mano, todos los cigarrillos que se consumen no contienen tabaco-, y se dejan llevar por sus más bajas pasiones. Pero es que la vida es así. Nadie es perfecto, y todo el mundo tiene algo que ocultar, por muy insignificante que sea, bajo su perfecta fachada de presunta corrección. Por todo esto, Agosto, creo que es una obra magnífica. Es teatro en estado puro; ese teatro que no hace concesiones al espectador, sino que le revuelve las tripas para que se plantee y se replantee su vida. Esa vida que, parafraseando a T. S. Eliot, dice el pobre Beverly que es demasiado larga. Enhorabuena al Centro Dramático Nacional por hacernos meditar sobre ello.

Fuente foto del cartel: www.cdn.mcu.es

martes, 31 de enero de 2012

Mi capital cultural europea



Un sentido homenaje a Cuenca, cuyo sueño de ser capital cultural europea en el año 2016 se vio hace tiempo truncado. Cuando en el otoño de 2010 me enteré de que se cayó de la lista de ciudades que finalmente optaban a la distinción, escribí estas líneas. Ahora, las comparto con vosotros.

A comienzos del mes de octubre, se desveló el enigma. Las ilusiones de una pequeña y modesta ciudad castellana quedaron truncadas. Fue en el Auditorio del Museo Reina Sofía, ese modernísimo espacio creado por Jean Nouvel y que ha dado un aspecto diferente a la Ronda de Atocha de Madrid. Allí el comité de preselección de la Capital Europea de la Cultura 2016 anunció las seis ciudades que seguirán en la competición: Cuenca, no estaba entre ellas. Seguían en la lucha Burgos, Córdoba, San Sebastián, Las Palmas de Gran Canaria, Segovia y Zaragoza. Finalmente, la ganadora resultó ser la bella Easo, ¡enhorabuena a los donostiarras! La ciudad de las casas colgadas-sus autoridades, sus ciudadanos; todos en general- habían hecho un gran esfuerzo por presentar una candidatura muy digna: se habían diseñado infraestructuras, elaborado presupuestos, y realizado un proyecto de gran implicación europea; pero finalmente no pudo ser.

Fue el fin de un bonito sueño. La ciudad que parece dormitar asomada a las dos hoces de sus dos ríos: el Huécar y el Júcar se despertó súbitamente con la mala noticia. El carácter resignado -castellano, hecho a sufrir- de sus habitantes fue expresado con claridad en los informativos regionales, cuando los periodistas de turno les aproximaban sus micrófonos en plena calle: "¡Era muy difícil, jugábamos con desventaja; nos enfrentábamos a otras ciudades con mucho más presupuesto y más población e infraestructuras..." Pero me gustó mucho la respuesta de una señora de edad avanzada que, al tiempo que en su rostro se dibujaba una gran sonrisa, exclamó: "Bueno, capital o no, Cuenca seguirá siempre siendo única".

Y es que es verdad que Cuenca es única, como reza un lema que triunfó felizmente hace ya muchos años y que se ha convertido en distintivo de la población. "Cuenca es única". O mejor dicho, las dos Cuencas son únicas, porque en realidad hay dos Cuencas. La una, sigue creciendo, pujante, en torno a Carretería, la arteria principal de la parte nueva, toma el sol en tardes primaverales en el parque de San Julián, se extiende en bloques que quieren tocar el cielo a lo largo de la carretera de Valencia, y ha entrado en la modernidad gracias al tren de alta velocidad. La otra se encarama hacia las alturas, colgándose en el vacío vertiginoso de las dos hoces, alcanza la Plaza Mayor, y se empina por la calle de San Pedro hasta el barrio del castillo. La primera ofrece la vida de una tranquila y cómoda ciudad de provincias; la segunda enamora a propios y extraños y les hace vivir un sueño fantástico en un mundo casi imaginario.

Cuenca no va a ser Capital Cultural Europea en el 2016. Realmente a mí, que frecuento la ciudad desde hace muchos, me hubiera gustado que así fuera. ¡Qué oportunidad sería para despegar en este mundo tan competitivo del turismo y ser de una vez por todas reconocida, ocupando el lugar que realmente merece esta bellísima y, sobre todo, distinta población! Me hubiera gustado asistir a esos eventos culturales especiales y espectaculares que se organizan en las ciudades vencedoras, gracias a las fuertes subvenciones que reciben. Habría disfrutado del gran ambiente ciudadano y callejero que, seguramente, viene unido a este tipo de conmemoraciones. Me habría sentido, en definitiva, muy orgulloso de que otra vez se hubiera repetido la historia bíblica y David, con su humilde honda, hubiera vencido de nuevo a Goliat.

Sin embargo, que Cuenca no sea Capital Cultural no impedirá que yo la siga visitando con mucho amor y cariño, que siga ascendiendo hasta su Plaza Mayor -perdiendo el resuello, eso sí-, bien por las curvas de la Audiencia y la calle Alfonso VIII, bien por la dura ascensión de la Puerta de Valencia, y que siga quedando deslumbrado por la belleza de su catedral tras atravesar los arcos del ayuntamiento. No impedirá que asista religiosamente -¡nunca mejor dicho!- a los conciertos de su Semana Santa musical en el convento de las Petras, en la iglesia de San Miguel, en la sala capitular del templo catedralicio o en su Auditorio casi excavado la roca. Tampoco dejaré de emocionarme con el fervor ciudadano de sus procesiones. No me privaré de sentir el vértigo que produce atravesar el puente metálico de San Pablo, camino del cercano Parador. Ni dejaré de pasear por las orillas del Júcar, emulando a mi querido Machado en su ruta de San Polo a San Saturio, en otra ciudad también castellana, hablando "con el hombre que siempre va conmigo". No faltan razones, como podéis apreciar, para que yo otorgue a este querido "nido de águilas" el título de mi ciudad europea de la cultura.


martes, 24 de enero de 2012

Música y Renacimiento

Como cada mes de diciembre, con el frío, la niebla, y a veces la nieve, llegan a las ciudades renacentistas de Úbeda y Baeza los acordes del Festival de Música Antigua. Este año, atraído por el evento, también se ha acercado por estas joyas Patrimonio de la Humanidad el Viajero.






Aquí la alma navega
por un mar de dulzura, y finalmente
en él ansí se anega
que ningún accidente
extraño y peregrino oye o siente.


Fray Luis de León: Oda a Francisco Salinas


Sábado, 10 de diciembre, mediodía. Deseando emular a Fray Luis, el Viajero ha llegado a Úbeda, esplendor del Renacimiento, con el anhelo de transportar su alma y anegarla en ese musical mar de dulzura que el maestro tan bien describe en la oda a su amigo el músico Salinas. En la plaza de Vázquez de Molina, el Llano de Santa María para los ubetenses, se extasía, aunque ya la ha visto muchas veces, ante la grandeza del conjunto que forman la capilla del Salvador, ingente mausoleo para el secretario de Carlos V que no pudo acabar Siloé y concluyó Vandelvira , el lindante hospital de los Honrados Viejos, el fastuoso palacio del Deán Ortega, hoy parador de turismo, el palacio de las Cadenas o de Vázquez de Molina, la actual casa de la ciudad, la felizmente recuperada iglesia de Santa María de los Reales Alcázares y la Cárcel del Obispo, hasta no hace mucho Palacio de Justicia. No sabe hacia dónde mirar este inquieto amante del arte. A pesar de que la mañana es bastante fría, antes de sumergirse en las notas del concierto que le espera, quiere aprovechar para reencontrase con las calles de la ciudad jienense, y acercarse a la vecina plaza del Ayuntamiento y a la del Primero de Mayo, donde se alza la iglesia de San Pablo. Llega a la animada calle Real y dirige sus pasos hacia los callejones con gran sabor próximos a la plaza de San Pedro. Vuelve a admirar la fachada de la Casa de las Torres, singular Escuela de Arte, y se detiene ante las ruinas de la Iglesia de San Lorenzo; lo invade una leve tristeza al comprobar que la frondosa y romántica hiedra que las cubría se ha secado. Habrá que esperar, como dice el poeta, otro milagro de la primavera.

Una de la tarde. Iglesia de Santa María de los Reales Alcázares. El Viajero, junto a otros sufridos amantes del arte de Euterpe, aguanta estoicamente el intenso frío que hace en el interior de la inmensa nave central. Sentado en un banco aguarda el comienzo del concierto titulado Paradisi Gloria, el primero de los que tiene apuntados en su agenda del Festival de Música Antigua de Úbeda y Baeza. Quince años han pasado ya desde que alguien tuvo la genial idea de unir la música medieval, renacentista y barroca a estas ciudades únicas. Su contemplación del artesonado de madera y el cristo crucificado gótico que se enseñorea en el altar mayor, es interrumpida por los aplausos que anuncian la presencia del organista Andrés Cea y el contratenor Mark Chambers. Muy pronto las notas de los bellos motetes de Monteverdi, Palestrina, Frescobaldi y Tomás Luis de Vitoria, maestro del renacimiento hispano del que se celebra el IV centenario de su muerte, inundan el algo destartalado interior del templo, que formaba otrora parte del antiguo alcázar defensivo de la villa.

Seis de la tarde. Baeza. Pasea el Viajero por el patio –renacentista, ¿cómo no?- del palacio de los Salcedo. Convertido en un agradable e histórico hotel, será su alojamiento por esa noche. Grandes arcadas de medio punto, moteadas de escudos pétreos y dispuestas en dos galerías, le hacen evocar otros tiempos en los que el edificio albergaría los sueños, pasiones, intrigas de otros hombres y mujeres. ¡Cuántas gentes se habrían apoyado antes que él en el antepecho por la que se asoma a la fuente central, acompañada ahora por el árbol de navidad. que anuncia la llegada de festejos sin fin! Después, pensando en la caducidad de las cosas y las personas, y en el inexorable paso del tiempo, se dirige a su cuarto para descansar.

Ocho de la noche. Ruinas del convento de San Francisco. Antes de acceder al remozado auditorio, contempla el visitante la exuberante decoración de los restos que se abren al exterior, enmarcados por un bosquecillo de naranjos. En el interior, ya acomodado en su butaca, lamenta la desaparición de la gran bóveda cruzada, obra maestra de Vandelvira – ¡omnipresente su huella en estas tierras!- cuya ausencia recuerda una gran estructura de acero colocada en nuestros días. Los terremotos, las inclemencias del tiempo y las tropas foráneas invasoras han borrado todo testimonio de pasados esplendores. Las Cantadas al Santísimo de José de Nebra, cuyos sones interpreta Al Ayre Español, la formación dirigida por Eduardo López Banzo hacen olvidar al Viajero, al menos mientras suenan, la tristeza que le provoca la destrucción de la belleza. La magnífica soprano María Espada desgrana con soltura los recitados y las arias de “esa dulzura amable” compuesta por el músico bilbilitano. Gran barroco el nuestro, tan olvidado y tan necesitado de resurrección.

Casi medianoche. El programa señala que el concierto comenzará a las 23,59. Hora apropiada para la actuación de la Schola Gregoriana Hispana. Conmemorando de forma anticipada el octingentésimo aniversario de la batalla de las Navas de Tolosa, interpretan canto llano y polifonías del monasterio de las Huelgas. Hace frío también en la iglesia de la Santa Cruz: una rareza, un templo románico en plena Andalucía. Los ojos de los asistentes, sentados en la nave central del templo, se clavan en el ábside semicircular que la cierra. Al salir, la niebla y la llovizna no invitan a recrearse en la fachada gótica isabelina del palacio de Jabalquinto, hoy sede de la Universidad Internacional andaluza. Se dirige el Viajero deprisa a su refugio palaciego, se sentirá como un señor esa noche; ¡mañana será otro día!

Domingo, 11 de diciembre. Once de la mañana. No ha madrugado mucho el trotamundos. Según su costumbre cuando visita las tierras del sur, ya se ha desayunado con la nutritiva “tostá” de tomate y aceite. El día ha amanecido desapacible y algo lluvioso. En la plaza de Santa María hay pocos turistas. De espaldas a lo que fue seminario de San Felipe Neri, y a través de la triple arcada triunfal de la fuente de Santa María, contempla la catedral. Pasea después por las calles ubetenses que más le gustan: las que rodean el templo. Atravesando la recoleta plaza del
Arcediano, y emulando al autor de Campos de Castilla, deambula sin prisas por el paseo de la Muralla. No hay vistas esa mañana. La espesa niebla las oculta. Pero sabe el Viajero que allí están los olivares a los que Machado cantara: “Por estos campos de la tierra mía, / bordados de olivares polvorientos, / voy caminando solo, / triste, cansado, pensativo y viejo”. Atrochando por zonas residenciales nuevas, llega el caminante solitario a la calle Atarazanas; deja a su derecha el museo de Úbeda, con el firme propósito de visitarlo en una próxima ocasión, y cruzando la puerta de Jaén, gana la plaza del Pópulo. Los leones de su fuente, según la tradición, originales de la ciudad ibero-romana de Cástulo, siguen allí impertérritos, arrojando constantemente agua por sus fauces. Aunque es un poco tarde, sube por la calle Romanones y con prisa, revisita el aula de su admirado poeta en la Antigua Universidad. Allí, sobre la gastada tarima de madera, lo imagina, cual revivido Juan de Mairena, deleitando a sus alumnos con sus amenas charlas, que no sólo francés explicaría el maestro.

Una de la tarde. Iglesia de Santa María del Alcázar y San Andrés. Las prisas de nuestro amante de la música, que ha tenido casi que correr para no llegar tarde al último concierto de su apretada agenda, han sido inútiles. Todavía no ha acabado el oficio y aún queda bastante para el Ite, missa est. No obstante, entra en el templo, y se sienta en los últimos bancos de la amplia nave de arcos apuntados y techumbre de madera. Quiere estar cerca del órgano, que será el protagonista del concierto que está por comenzar. Tras él una sólida reja separa el pequeño coro con escaños de madera. Un grupito de niños, que se ha separado del resto de sus compañeros y que no asisten con el fervor debido a la ceremonia, le hacen sonreír con sus bromas. Con media hora de retraso –no tienen, ni tienen por qué tener ninguna prisa los feligreses en abandonar el recinto sagrado, para eso es domingo- comienzan a salir del órgano y las trompetas de conjunto Triorganum los acordes de una fanfarria de Buxtehude. El programa no defrauda a los asistentes. Las obras de Teleman, Cabanilles, Biber, Cabezón, Bach... hacen vibrar el órgano barroco de San Andrés. Todavía con los sones de una brillante fanfarria de Mouret, baja el forastero por la calle de San Francisco, dispuesto a degustar algunas tapas en una taberna cercana al lugar en el que le espera su vehículo. La música antigua volverá a Úbeda y Baeza en un año, pero él seguro que no resistirá la tentación de pisar mucho antes de entonces sus calles renacentistas.

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jueves, 19 de enero de 2012

Enhorabuena, Mario. ¡Por fin!

En octubre de 2010 nos enteramos de una buenísima noticia para las letras hispánicas: la Academia Sueca había otorgado el premio Nobel de literatura a Mario Vargas Llosa. En aquel momento, no me resistí a la tentación de escribir algo sobre la concesión de este importante galardón. Y aquí os lo presento. Perdonad la poca actualidad del asunto, pero me he acordado de este escrito hoy al oír en las noticias que Vargas Llosa ha sido propuesto para dirigir el Instituto Cervantes. Sería un buen director, ¿verdad?

Y es que Mario Vargas Llosa es uno de mis escritores preferidos. Hace ya mucho tiempo que lo conocí. Eran los primeros ochenta. Yo cursaba segundo de bachillerato; ¿recordáis aquel Bachillerato Unificado Polivalente, B.U.P.? Yo soy de esa generación. Fui del grupo de adolescentes que casi inició ese nuevo ciclo de enseñanzas hoy desaparecidas. Ya sólo la gente de cierta edad, en estos últimos años en los que hemos asistido a un baile vertiginoso de programas educativos, se acuerda del B.U.P y el C.O.U. Pues yo estaba en 2º de B.U.P. Y en la clase de literatura la profesora nos dio una lista de libros bastante considerable, que iban a ser las lecturas obligatorias de la asignatura -¡cómo han cambiado los tiempos...!-. Entre ellas nos advirtió que había dos libros de autores hispanoamericanos -no hacía mucho que estos nuevos creadores habían conmovido el mundo editorial español con su feliz "boom"-; estos libros eran: El coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel García Márquez, y el que iba a ser uno de los libros que más me impactaron en mi juventud: La ciudad y los perros.

La historia me fascinó. Rápidamente ingresé en el Colegio Militar "Leoncio Prado", donde se desarrolla gran parte de la novela, y viví las vicisitudes de sus alumnos; me indigné con las vejaciones a que era sometido el pobre Ricardo Arana, el esclavo, que era vilipendiado por todos, y casí lloré -soy de lágrima fácil- con su injusta muerte. Como me gustó tanto la obra, no tardé mucho tiempo en conseguir la que, según me decían en clase, era la obra maestra del autor por aquellos años: La casa verde. Me pareció una novela bastante más compleja que la primera, pero a pesar de las dificultades que encontré en la misma -recordad que apenas tenía 16 ó 17 años- tenía algo de fascinante que me enganchó. Recorrí las calles de Piura y asistí a la ruina y el resurgimiento del burdel que don Anselmo fundara en la ciudad, y conocí a Lituma -que después pasearía por los Andes-, Bonifacia y Fushía. No podía quedarme ahí: había que seguir leyendo a ese autor; después siguieron Conversación en la catedral, La tía Julia y el escribidor, La guerra del fin del mundo, La fiesta del chivo, Travesuras de la niña mala... Y así hasta ahora, fecha en la que hemos recibido la grata noticia, y en la que espero ansiosamente la aparición de su próxima obra El sueño del celta, basada en la vida de un personaje real: Roger Casement, defensor acérrimo de los derechos humanos en África central, y que será publicada por Alfaguara a primeros de noviembre (qué lanzamiento tan oportuno en estas fechas, y qué publicidad gratuita para la editorial, ¿verdad?)

Oía este mediodía una de las primeras entrevistas que ha concedido tras conocer la noticia el autor. Se encontraba en Nueva York, donde imparte estos días unas clases magistrales -¡nunca mejor empleado el término!-. Con gran sencillez, y creo que algo de falsa modestia, ha confesado que ya no esperaba este premio: ya no contaba con ello porque su nombre no aparecía en la lista de candidatos. Efectivamente, Vargas Llosa ha sido muchos años el eterno candidato. Por eso el que reciba este reconocimiento mundial ahora cuando todavía se encuentra en plenitud de facultades, es algo grande. Ha comentado que cuando le llegó la noticia -eran las cinco y media de la madrugada-estaba leyendo El reino de este mundo de Alejo Carpentier. ¿Qué mejor actividad puede imaginarse para un escritor cuando no está escribiendo? Y ha añadido algo que realmente me ha emocionado: más que por él, se alegraba enormemente por la lengua en la que escribe, tan rica, múltiple y diversa, y su inmensa literatura.

Realmente se ha hecho justicia con uno de los nuestros. Y es que Vargas Llosa lo es. No solamente porque, además de la peruana, tiene ya hace muchos años la nacionalidad española, cosa que también es muy importante; sino porque pertenece a esa grande y entrañable comunidad que sentimos tan cerca y dentro de nosotros, como es la iberoamericana. Estoy convencido de que ese sentimiento no existe entre los millones de angloparlantes del mundo. Un inglés o un americano no creo -quizás sea muy osado este aserto- que se emocione y considere como suyo un premio o reconocimiento que reciba un escritor sudafricano o australiano, aunque compartan la misma lengua. La comunidad hispana mantiene lazos más estrechos, lazos que hacen a nuestros hemanos del otro lado del Atlántico llamar "madre patria", a una España que no siempre se ha portado como tal con ellos.

Ha dicho Vargas Llosa que la literatura no puede ser gratuita, una mera invención, sino que tiene que estar enraizada en una problemática concreta. Y realmente sus libros tienen mucho que ver con la realidad, con su infancia y juventud en Perú -"lo que escribo es el Perú", afirmó en numerosas ocasiones-, con sus estancias en Europa. La realidad social se palpa en sus novelas. Su crítica contra las injusticias políticas y sociales están siempre presentes. Pero además para el autor la literatura es diversión, algo que le mantiene vivo y le da fuerzas para continuar. También nos hace seguir adelante a nosotros, impulsándonos con su prosa a ser un poco más buenos y a vivir un poco mejor.

Me ha alegrado muchísimo la noticia que nos ha llegado hoy. También estarán dando saltos de alegría en su mundo de ficción todos los personajes que han surgido de su imaginación. Y seguro que Ricardo Arana, el esclavo, cuya vida triste tanto me emocionó en su momento, hoy es incluso capaz de enfrentarse y vencer a todos los compañeros que le hacían la vida imposible, incluso al temido Jaguar. Enhorabuena, Mario, ¡por fin!



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